Ni porque le hicieron este elogio franco cuanto sincero, hizo uso el negro de su conocida muletilla. Sólo sacudió la cabeza cual si quisiera desterrar una idea enojosa, y volvió a un lado el rostro, sin darle la espalda a su señorita, lo cual habría sido una falta de respeto.

—Atiende, Pedro, continuó Isabel. Hay que traer del potrero el caballo careto para llevar a Guanajay uno de los dos tríos. El que le lleve, sea Rafael o Celedonio, debe salir al Ave María o con los primeros claros del día de pasado mañana, apearse en la posada de Ochandarena, frente a la plaza, hacer que bañen y den un buen pienso a los caballos y aguardar por nosotros, pues tendrá que regresar con el trío que saquemos de acá. ¿Recordarás todas estas cosas, Pedro?

Mi ricorde, niña, dijo el Contramayoral afectado; añadiendo a la carrera: Le pobre negre va a tené una Pacua mu maguá.

—¿Por qué? preguntó Isabel con exagerada sorpresa. Le diré a papá que les deje tocar tambor en los dos días de Pascuas y el día de Reyes.

Ma como la niña no etá allante, le negre no se diviete.

—¡Qué bobería! Nada, a bailar, a divertirse para que esté contenta la niña cuando vuelva del paseo. ¡Eh! Nada más, Pedro.

Se retiraba éste despacio y de mala gana, e Isabel, que quedaba pensativa apoyada en el barandal del pórtico, llamole luego, diciendo:—Pedro, ¿ya lo ves? Por tus interrupciones y majaderías se me iba o olvidar una de las cosas que tenía más presente. Debo hacerte otro encargo, mi último encargo. Mira, Pedro, estoy pensando que por sí o por no, lo mejor será que guardes el látigo en tu bohío hasta después de Pascuas. Sí, sí, mejor será pues mientras le tengas en la mano has de querer usarlo, y yo no quiero que se levante el látigo para nadie, ¿lo oyes, Pedro? Que no suene el látigo en mi ausencia.

Le negre etá perdío, dijo Pedro sonriéndose, por mor de la niña.

—Me importa poco, replicó Isabel con firmeza. Tú sabes que papá botó al mayoral en abril porque daba mucho cuero. Recuerda que la cogió contigo. No ha de oírse un latigazo en el cafetal en mi ausencia. Lo repito, lo quiero así, lo mando, Pedro.

Volviendo de su breve diálogo con el Contramayoral, encontró Isabel puesta la mesa para la cena en medio de la sala. Serían las ocho de la noche. El lujo de la vajilla de plata, de cuyo metal eran hasta los grandes macizos candeleros, parecía competir con la abundancia de los manjares. Mas nada de esto se hacía por vano alarde. En primer lugar, porque habiendo comido la familia a las tres de la tarde, según la costumbre del campo entonces, suponían que los dos huéspedes tuviesen hambre y querrían satisfacerla. En efecto, las señoritas, la tía y el señor Ilincheta, que por cumplimiento habían ocupado juntos un costado de la mesa, participaron únicamente del chocolate o del café con leche; haciendo, eso sí, Isabel, los honores con gracia y naturalidad características.