Tras la cena y una conversación agradable, se levantó don Tomás y se retiró a su cuarto, recomendando a sus hijas no detuvieran mucho a los huéspedes, quienes por fuerza estarían cansados y desearían reposar de las fatigas del viaje.

La casa vivienda del cafetal La Luz estaba hecha a la francesa, es decir, conforme al sistema que para habitaciones tales se seguía en las fincas de igual naturaleza por los criollos de la Guadalupe y Martinica; pues de hecho la había trazado y dirigido un arquitecto natural de una de esas islas. El plano figuraba una cruz con dobles brazos, cuyo centro lo ocupaba la sala, y las ocho alcobas, ambos brazos de la misma, formadas por dos pasillos que terminaban en dos saletas, debajo de los cobertizos de las culatas de la casa. En los ángulos de los pórticos había cuatro cuartos que interiormente se comunicaban con las saletas dichas, y exteriormente con los jardines y aquéllos. Los pórticos, pues, se extendían cuanto la sala, corrían paralelos a ella y estaban cerrados por barandillas de madera y por cortinas de cañamazo en vez de persianas. El techo del cuerpo principal estaba formado con las hojas de la palma llamada cana, por su espesor, duración y frescura; y el de los pórticos o cobertizos con teja plana. Las puertas y ventanas, en número por cierto excesivo, abrían todas hacia afuera, dejando entrar a raudales, al menos de día, la luz y el aire siempre cargado con el perfume de las flores o de las frutas en que tanto abundaba aquella morada encantadora.

Por razones que es fácil colegir, las señoras no siguieron desde luego el ejemplo del amo de la casa. Los jóvenes no sentían inclinación ninguna a separarse por el resto de la noche, sin comunicarse con una palabra, con una mirada aunque fuese algo de lo mucho que bullía en sus cabezas. Así es que, por instinto casi, después de la cena volvieron al pórtico fronterizo y emprendieron paseos de arriba a abajo, en dos grupos: el de Isabel con su tía y Meneses y el de Rosa y Leonardo a retaguardia. A la primera vuelta preguntó éste a aquélla, en tono bajo, indicando a la hermana mayor:

—¿Qué tiene la niña?

Este era casualmente el primer verso de una canción muy popular entonces; y Rosa, que era viva y traviesa, contestó al punto con el segundo verso que la daba nombre:

—Sarampión.

—¿Con qué se le cura?, volvió a preguntar Leonardo con el tercer verso.

—Con coscorrón; concluyó Rosa sin poder tener la risa.

—¿De qué se ríen Vds.?, preguntó Isabel muy atenta a lo que pasaba a sus espaldas.

—No le diga, Gamboa, dijo Rosa. Déjela con su curiosidad. Ella no es de nuestro bando.