Parecía que Isabel se proponía monopolizar por el resto de la velada la conversación y la sociedad de Diego Meneses. De aquí el motivo aparente del pique de Rosa con ella, según lo revelaban sus últimas palabras. La misma sospecha y con igual copia de razones podía abrigar Isabel respecto de su hermana menor, dado que desde el principio se apropió las atenciones y compañía de Leonardo. Mas ninguno de los jóvenes estaba satisfecho de sí mismo ni del otro. Esta era la verdad; de suerte que se cansaron de los paseos más pronto de lo que podía razonablemente esperarse, sólo que en vez de sentarse se apoyaron como por acaso en la barandilla, quedando, también casualmente, cual deseaban en secreto: Isabel al lado de Leonardo. Rosa al de Meneses, y doña Juana fuera del grupo. Amaba ésta a sus sobrinas con amor de madre, como quien las había criado desde pequeñuelas; deseaba su establecimiento, y, siendo ella casamentera de índole, claro está que no tomó a mal una eliminación mediante la cual aquéllas podían tener un rato de íntima comunicación con sus galanes.

Reinaba en torno de la casa la calma más profunda, habiendo abatido el airecillo que se levantara a las puestas del sol. No se movían las ramas de los árboles, ni era bastante la luz de las estrellas, ni la transparencia del cielo para reflejarse en las anchas hojas del plátano, cuyo tallo fibroso sobresalía entre los enanos y espesos cafetos. El único rumor que se apercibía era el distante y sordo procedente de esclavos, los cuales, antes de entregarse al descanso, preparaban la frugal cena a la lumbre de sus bohíos mientras discutían la novedad de la noche, a saber: la próxima ausencia de su señorita. Pero más cerca de nuestros jóvenes no puede decirse con exactitud que formaban ruido apreciable el chirriar de los grillos ocultos en la yerba, ni el aleteo de las mariposillas nocturnas que con fugaz zumbido pasaban del jardín a la casa, atraídas por la luz de la vela dentro de la guardabrisa o fanal en la mesa del centro de la sala.

El sitio, pues, la hora, el silencio de la tierra y del cielo, el aspecto sombrío del pórtico ancho, gacho y de limitado horizonte por el espeso arbolado inmediato, la misma lucha de la débil claridad artificial interior con la oscuridad exterior, todo predisponía a la exaltación de las pasiones de los jóvenes, arrobadas sus almas en la contemplación del bellísimo cuadro que los rodeaba por todas partes. En tales momentos, las mujeres menos agraciadas parecen aéreas y adorables; los hombres más tímidos se atreven a todo, y sintiendo más se expresan con mayor elocuencia.

—Isabel, dijo Leonardo, me extraña tu conducta conmigo.

—Califíquela, repuso Isabel sonriendo.

—No me corresponde calificarla, por la sencilla razón de que soy el agraviado.

—¿Eso más? Pues era lo que faltaba.

—¿Te sorprende? ¿Cómo se compagina, si no, nuestra amigable despedida de La Habana (por mi parte, se entiende), con tu silencio e indiferencia enseguidas...?

—¿Sin motivo que justificara el cambio?

—Sin motivo que lo justificara. Yo al menos no he podido penetrarlo todavía.