—Refresque Vd. la memoria de los hechos.

—Nada, Isabel, no alcanzo, desconozco el motivo.

—¿De verás?

—De veras.

—Entonces he sido una loca, una tonta, he visto visiones.

—Tanto como eso no, Isabel. ¿No te ocurre que hayas podido interpretar mal un acto inocente mío o de otra persona hacia mí?

—Si no se trata de interpretaciones, señor don Leonardo, se trata de lo que yo vi con mis ojos.

—Sepamos lo que vio mi señora doña Isabel con sus ojos.

—Vi lo que Vd. vio, mejor dicho, lo que le pasó Vd. al estribo del quitrín.

—¿Y ése era motivo suficiente para que tú me perdieras el cariño y estuvieras a punto de olvidarme?