—Lo era y grande, para enojarse cualquier mujer de vergüenza, por mucho que la cegara la pasión.
—Veo claro, Isabel, que en todo ello ha habido una equivocación de tu parte, y que, sin quererlo has sido injusta conmigo.
—Explíquese Vd., dijo Isabel con aparente ansiedad.
—Te diré en pocas palabras lo que pasó, continuó Leonardo, poniéndose colorado, porque de hecho pensado iba a mentir. Mientras te decía el último adiós, naturalmente extendí un pie sobre la acera. Una de las dos mulatas que pasaban tropezó conmigo, y, creyendo que le había armado una zancadilla, llena de ira me dio un empellón. Tú sabes lo insolente que son esas mujerzuelas cuando se creen ofendidas.
—Sí, dijo Isabel pensativa. Después de un breve rato añadió: Mas ¿qué motivo le di yo para que me dijese la palabra indecente que aún me zumba en los oídos?
—Tu exclamación, Isabel, y luego el llamarla Adela, cuando tal vez se llamaba Nicolasa o Rosario fue sin duda lo que aumentó su cólera.
—Si la llamé por el nombre de Adela, mejor dicho, si en mi exclamación solté ese nombre, fue porque me figuré que era ella su hermana de Vd. Además de tomarla por el vivo retrato de Adela, no pude, ni debí imaginar que otra mujer tuviese con Vd. semejantes bromas.
—¡Toma! El cuento es que no hubo broma de su parte.
—Luego ella le conoce a Vd. y le maltrató por... celos.
—La conozco de vista, lo confieso, ya me había llamado la atención su semejanza con mi hermana Adela; mas no la he dado jamás ocasión a encelarse de mí.