—Quizá le ama a Vd. en secreto.

—No tendría nada de particular, sólo que en mi vida le he dicho «ojos negros tienes».

—Sentiría hacer a Vd. una injusticia, Leonardo. Las apariencias, sin embargo, le condenan.

—No, Isabel, no. Soy inocente. Si te engañase en este momento, si no te dijese toda verdad, si te pintara una pasión que no sentía, si en consecuencia te hubiese dado justo motivo de agravio, sería el más malo de los hombres...

—Está bien; doblemos la hoja, le interrumpió Isabel convencida.

—¿Pelillos a la mar?, le preguntó Leonardo con amoroso acento.

—Pelillos a la mar, contestó ella con celestial sonrisa. No habría dicha para mí si me viese condenada a dudar de la palabra del hombre a quien tenía por amigo y caballero.

—Bien, agregó Leonardo más animado. ¿No crees tú que debíamos sellar esta dulce reconciliación...?

Diciendo esto dejaba correr disimuladamente la mano por el barandal para coger la de Isabel, que se apoyaba en el mismo. Pero ella, evitando la ocasión, evitó el peligro. Se puso seria y pasó al lado de su tía, a quien dijo alto que era hora de recogerse. El reloj de Leonardo marcaba las once de la noche.

Había volado el tiempo. Diego Meneses, no obstante sabedor de que la ocasión la pintan calva, supo aprovecharla lo que bastaba para hacer a Rosa una formal declaración de amor; habiendo encontrado el tema o pretexto de la conversación en el regalo del clavel que esa joven hizo a Leonardo en el jardín. ¡Cándida paloma del vergel de Alquízar! Ella, que no había escuchado antes un «te amo, Rosa» dicho con intención y con fuego. Ella, que se sentía atraída hacia aquel joven como la aguja al imán, como la avecica a la serpiente, no pudo desviar la atracción, deshacer el encanto; no encontró a mano gesto, palabra ni ardid para negar que había sucumbido y que también amaba a su tentador desde la primer temporada que pasaron juntos en el cafetal La Luz.