Capítulo II
Y en los bellos cafetales
todo es frescura y olores,
besadas sus blancas flores
por las brisas tropicales.
J. Padríñez
Como novia de Cupido desde la víspera, Rosa Ilincheta, por el temor pudoroso de encararse con su cómplice a la clara luz del día, retardó cuanto pudo su salida del tocador. Pero Isabel tenía obligaciones que llenar y bien temprano apareció en el pórtico del sur de la casa con la sombrilla en la mano derecha, una cestita calada al brazo izquierdo por el aro, y por todo abrigo el pañolón de seda bordado de realce.
Asomaba entonces el sol por un ángulo de la casa, alumbrando una parte del jardín y proyectando la sombra de aquélla y de los árboles, por largo trecho, sobre el espacioso batey de la finca. Había sido abundante el rocío de la madrugada. Empapado estaba el césped, apagado el polvo bermejo de los caminos y las hojas de las plantas y las corolas de las flores cuajadas de menudos aljófares; otros tantos prismas que descomponían la luz del almo sol, al recibirla de soslayo.
Echó Isabel una mirada inquisitiva por todo el país desplegado ante ella, y se aventuró fuera del pórtico; porque desde allí echó a ver una rosa de Alejandría que acababa de abrirse al dulce calor solar, en el cuadro del sudeste del jardín. Cortola sin punzarse ni mojarse, y cuando se adornaba con ella la espléndida trenza de sus cabellos, volvió maquinalmente los ojos hacia la casa y le pareció que uno de sus huéspedes la observaba desde el postigo de la ventana del cuarto, en el extremo del pórtico, donde en efecto se habían los dos alojado. Era Diego Meneses, que por no haber disfrutado de sueño tranquilo, dejó la cama desde el amanecer y aspiraba el puro ambiente del campo, a la sazón que Isabel apareció en medio de sus gayadas flores.
De tal modo la turbó este incidente, que por breve rato estuvo indecisa entre si volvía atrás o seguiría adelante, porque los actos de adornarse el cabello y de mirar para la casa, magüer que inocentes y casuales, podían interpretarse de diversas maneras, y ella huía tanto de la frivolidad como de la necia coquetería. Pero tenía que salir y salió con firme paso.
Por el lado del sur, una cerca de piedra separaba el campo del cuadrado en que se comprendía el variado caserío de la finca. En el centro se alzaba el molino del café, entre los dos pares de tendales, capaces de contener a un tiempo, secándose, la mitad de la cosecha. Más lejos, cerrando el gran espacio por la izquierda, se veía el grueso y oscuro brocal del pozo con su horca y garrucha para la extracción del agua; el palomar después, el corral de las aves y algunos chiqueros; al fondo y a la derecha, el campanario, o más bien el pilar de madera de cuyo brazo cubierto con un tejadillo, pendía la campana; los graneros o almacenes, las caballerizas, el establo de las vacas y las otras dependencias. Los bohíos de los esclavos figuraban una aldea de regular tamaño.
Ni estaba desprovisto de vegetación el magnífico batey que hemos venido describiendo, pues muchos árboles, y sin duda los más copudos y corpulentos de toda aquella hacienda, le adornaban y daban sombra. Entre ellos varios aguacates, mameyes colorados, mangos y caimitos; sobre todo los primeros, cual las coníferas del continente, parecían escalar el cielo con la cúspide de sus ramas. Aquéllos más empinados y coposos eran los escogidos por las gallinas de Guinea (Numidas Meneagris de Cuvier), conocida la hurañía de esas aves exóticas, para sus querencias de noche. La banda, que bien podía componerse de cien, desde antes de aparecer el sol empezaron a removerse y a repetir el clamor o cacareo peculiar suyo, en que parece que una dice pascual y la otra contesta, pascual, hasta que todas despiertan y se preparan para descender de sus elevadísimas y naturales alcándaras. Ni los pichones ni las gallinas daban aún señales de vida: aquéllos por no ser madrugadores, éstas por el encierro y la oscuridad de su casa.
Por lo demás, se notaba bastante movimiento en todo el batey. De los esclavos de ambos sexos, quiénes recogían con sus guatacas o azadones las hojas secas y briznas del suelo; quiénes con los mismos instrumentos rozaban la yerba de los caminos; quiénes con ambas manos abiertas levantaban la basura amontonada y la metían en canastas que otros conducían fuera a la cabeza; quiénes a brazo sacaban agua del profundo pozo y la vertían en una amplia cubeta de piedra al pie del brocal para que otros, en unos baldes rústicos hechos del pecíolo de la palma, la distribuyesen en los depósitos de los varios departamentos de la hacienda. A la vera del pozo daba agua y bañaba los caballos de dos en dos o de tres en tres, el calesero Leocadio. Dentro del molino resonaba la voz penetrante del negrito, que, sentado al extremo del eje de la rueda vertical, con que girando en la solera se descascaraba el café, aguijaba sin cesar a la caballería que servía de motor. Cuatro esclavas, entre tanto, tendían el grano, aún no bien seco; mientras otros conducían el pilado o descortezado al aventador, cuyas paletas hacían un ruido tremendo y despertaban los ecos doquiera que la ola sonora encontraba obstáculo elástico en su trayecto. Y una vez limpio de toda paja o polvo, era llevado a los almacenes para que allí se escogiese y clasificase por otros esclavos.