—Es que no se trata aquí de amores ni de meros galanteos, se trata de amar mucho a una y de casarse con otra que no se ama tanto.

Ya veo que tú no entiendes de la misa la media. Para gozar mucho en la vida el hombre no debe casarse con la mujer que adora, sino con la mujer que quiere. ¿Entiendes ahora?

—Entiendo que tú no has nacido para casado.

Prosiguiendo Isabel en su excursión matutina, muy ajena de la conversación que se tenían los jóvenes habaneros sobre ella, se llegó al pozo. Allí, como en todas partes, impuso respeto su presencia. Por lo que toca al aguador, suspendió el trabajo, no fuera que al verter el agua en la cubeta salpicase el traje de su señorita, que se había acercado demasiado. Al contrario, el calesero criollo, poco más o menos de la edad de aquélla, y que por haberse criado a su vista la trataba con más confianza, no detuvo el bañado de los caballos, dado que se quitó el sombrero. Tampoco dobló la rodilla, cual su compañero, al desearla los buenos días, circunstancia que estamos seguros no advirtió Isabel, ya por estar acostumbrada, ya por no concordar con sus sentimientos filantrópicos la humillación, ni en el esclavo.

—Blas, dijo dirigiéndose al aguador, ¿tiene mucha agua el pozo?

A bombón (por mucha), niña.

—¿Cómo lo sabes tú?, le preguntó ella.

¡Ah, niña! Yo oye siempre bu, bu, bu.

—Luego se podrá ver el movimiento del agua.

Se pue, niña, se pue. Yo mira jervir.