—Veamos, dijo Isabel acercándose todavía más al brocal.

¿Sumelsé mira?, preguntó el negro muy asustado. No, no mira. Mu jondo. Diablo rempuja la niña.

De los aspavientos del compañero riose Leocadio y sugirió que la señorita podía satisfacer su curiosidad sin riesgo si se afirmaba de un ramal de la soga mientras ellos dos sujetaban el otro cabo. De esta manera se hizo; pero Isabel no alcanzó a ver el fondo por la demasiada profundidad, por el espesor del brocal de mampostería y por los innumerables helechos adheridos a las paredes interiores, que con sus graciosas palmas casi cerraban la boca del pozo.

Enseguida Isabel preguntó al calesero si los caballos estaban en disposición de emprender el viaje del día siguiente:

—Niña Isabelita, contestó él en lenguaje más inteligente que el de su compañero: Pajarito y Venao necesitan herraura nueva.

—¿Por qué no me lo habías dicho, Leocadio de mis culpas?

—¿Y yo he tenío tiempo? Hasta anoche no supe na del viaje. Dispués de bañar los caballos iba a decírselo a la niña.

—Pues tienes que ir al pueblo a herrarlos.

—Iré dispués de almuerzo. Deme la niña la papeleta para el herraor. Si no se ha emborrachao, estamos bien.

—Por eso, ve lo más temprano que puedas. Y echa ahora a correr y sofocar los caballos antes de tiempo.