—¡Pedro, Pedro!, no le olvides de mis encargos.
Sin aguardar respuesta tomó refugio en el carruaje.
En ese asilo comenzaron las que pudieran llamarse cariñosas importunidades de los esclavos. Las negras especialmente, convencidas de que se marchaba su señorita, rodearon el quitrín y las más expresivas se agolparon al estribo, metían la cabeza por debajo de la cortina o capacete, y, según su costumbre, clamaban a grito herido:
—¡Adiós, niña! ¡Vuelva pronto, niña! ¡No se quede por allá, niñita mía! ¡Dios y la Virgen lleven con bien a la niña! Acompañando estas frases, que hemos traducido en gracia del lector, con sus extravagantes demostraciones, como oprimirle suavemente los pies, besárselos cien veces, lo mismo que las manos con que ella quería rechazarlas. Todo esto dicho y expresado con verdadero sentimiento, con exquisita ternura, y sin dejar de contemplar su angelical semblante, cual el de un ídolo o de una imagen sagrada.
Pobres, sensibles, aunque ignorantes y sencillos esclavos, tenían a su ama por la más hermosa y buena de las mujeres, por un ser delicado y sobrenatural, y se lo demostraban a su manera ruda e idólatra.
Poco a poco, ya por ruegos, ora por amonestaciones suaves, logró Isabel apartar de sí a las más petulantes, dio la orden de partir, y anegada en llanto exclamó:—Yo no sirvo para estas escenas.
A tiempo de montar echó Gamboa una mirada desdeñosa al espectáculo en torno del carruaje, y dijo alto, de modo que lo oyó Pedro, que le tenía el estribo:
—¡Ay! ¡Qué falta hacía aquí un buen cuero!
El calesero llamó la atención hacia las riendas del caballo de fuera, y cuando Isabel pudo tomarlas en la mano ya el quitrín y los viajeros habían salvado la portada y se hallaban casi en los límites, por el oeste, del cafetal La Luz.