¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran
en el grado más alto y profundo,
las bellezas del físico mundo,
los horrores del mundo moral.

José María Heredia

Llaman Vuelta Abajo o Vuelta Bajo en la isla de Cuba, a aquella región que cae a la parte poniente del meridiano de La Habana, y que, principiando en las cercanías de Guanajay, termina en el cabo de San Antonio. Se ha hecho famosa por el excelente tabaco que se produce en las fértiles vegas de sus numerosos ríos, principalmente sobre la vertiente meridional de la cordillera de los Organos. Para darla semejante dictado parece que hay una razón de mucho peso, a saber: la baja nivelación del suelo de ese territorio, comparada con la alta del ya descrito.

Empieza el descenso a pocas millas al oeste de Guanajay, advirtiéndose desde luego un cambio brusco en el aspecto del país. El color del suelo, sus elementos componentes, la vegetación, el clima y el género de cultivo en general son del todo diferentes. Así es que el rápido declive constituye una rampa para el que va y un cerro para el que viene de la Vuelta Abajo.

Al borde de esta precipitosa rampa se desplega ante los ojos del viajero un cuadro inmenso, magnífico, que no hay lienzo que le contenga, ni ojos humanos que le abarquen en toda su grandeza. Figuraos una aparente planicie, limitada al oeste por las brumas del lejano horizonte, al norte por las colinas peladas que corren a lo largo de la costa, y al sur por las ásperas y alterosas sierras que forman parte de la extensa cordillera de montañas de la Vuelta Abajo. Y hemos dicho aparente llanura, porque de hecho es una serie sucesiva de valles transversales, estrechos y hondos, formados por otros tantos riachuelos, arroyos y torrentes que descienden de las laderas septentrionales de los montes y, después de un curso torcido y manso, se pierden en las grandes e insalubres cuencas paludosas del Mariel y de Cabañas.

A la vista del grandioso cuadro, Isabel, que era artista por sentimiento y que amaba todo lo bueno y bello en la naturaleza, mandó parar los caballos a los bordes de la rampa y echó pie a tierra, sin aguardar a que se aceptara la proposición por sus compañeros. Serían las ocho de la mañana. Ensanchábase allí el camino, describiendo una zeda para disminuir en lo posible lo precipitoso de la bajada. Por esta razón, aunque ambas laderas se hallaban cubiertas largo trecho de un arbolado crecido y hojoso, ni sus copas sobresalían mucho del nivel de la planicie que ocupaban los viajeros, ni obstruían, que digamos, la vista panorámica de más allá. Asombrosa era la vegetación. A pesar de lo avanzado de la estación invernal, parece que había vestido sus mejores galas y que orgullosa sonreía a los primeros rayos del almo sol. Do quiera que no había hollado la planta del hombre ni el casco de la bestia, allí brotaba, por decirlo así, a raudales el modesto césped o rastrera grama, el dulce romerillo, el gracioso arbusto, el serpentino bejuco y el membrudo árbol. Hasta de las ramas verdes y gajos secos, cual cabelleras de seres invisibles, pendían las parásitas de todas clases y formas, que viven de la humedad de que está constantemente saturada la atmósfera de los trópicos. El suelo y la floresta, en una palabra, cuajados de flores, ya en ramilletes, ya en festones de variada apariencia y diversidad de matices, formaban un conjunto tan gallardo como pintoresco, aun para aquellas personas acostumbradas a la vista de los campos feracísimos de Cuba.

Para mayor novedad y encanto, se ofrecía allí la vida bajo sus formas más bizarras: bullía materialmente el bosque vecino con todos los insectos y pájaros casi que cría la prolífica tierra cubana. Todos a una zumbaban, silbaban o trinaban entre el sombrío ramaje o la espesa yerba, y hacían concierto tal y tan armonioso como no podrán jamás hacerlo los hombres con la voz ni los instrumentos músicos. Dichosos ellos que de puro pequeños e inermes no excitaban la codicia del cazador, ni temían ser interrumpidos en sus inocentes correrías y revoloteos mientras recogiendo la miel en el cáliz de las flores, o saltando de rama en rama, hacían temblar las hojas, desprendían el rocío cuajado en ellas y las gotas, al dar en la hojarasca seca del suelo, remendaban una lluvia en que no tenían parte las nubes.

No hay paridad ninguna en la fisonomía del país visto por ambos lados de las montañas. Por el del sur, la llanura con sus cafetales, dehesas y plantaciones de tabaco, continúa casi hasta el extremo de la isla y es lo más ameno y risueño que puede imaginarse. Al contrario por el lado del Norte, en el mismo paralelo se ofrece tan hondo, áspero y lúgubre a las miradas del viajero que cree pisar otra tierra y otro clima. Ni porque está ahora cultivado en su mayor parte hasta más allá de Bahía Honda, se desvanece esa mala impresión. Quizás porque sus labranzas son ingenios azucareros, porque el clima es sin duda más húmedo y cálido, porque el suelo es negro y barroso, porque la atmósfera es más pesada, porque el hombre y la bestia se hallan ahí más oprimidos y maltratados que en otras partes de la Isla, a su aspecto sólo la admiración se trueca luego en disgusto y la alegría en lástima.

Tal, poco más o menos, sintió Isabel en presencia de aquel pedazo de la famosa Vuelta Abajo. Sus puertas, que eran de hecho las alturas en que se hallaban detenidos los viajeros, no podían ser más espléndidas; podían calificarse de doradas. Pero ¿qué pasaba por allá abajo? ¿Sería aquélla la morada siquiera de la paz? ¿Habría dicha para el blanco, reposo y contentamiento alguna vez en su vida para el negro, en un país insalubre y donde el trabajo recio e incesante se imponía como un castigo y no como un deber del hombre en sociedad? ¿A qué aspiraba ni qué podía esperar tanto ser afanoso cuando pasado el día y venida la noche se entregaba al sueño que Dios, en su santa merced, concede a la más miserable de sus criaturas? ¿Ganaba alguno, entre tanto trabajador, el pan libre y honradamente para sostener una familia virtuosa y cristiana? Aquellas fincas colosales que representaban la mayor riqueza en el país, ¿eran los signos del contento y de los puros placeres de sus dueños? ¿Habría dicha, tranquilidad de espíritu para quienes a sabiendas cristalizaban el jugo de la caña-miel con la sangre de millares de esclavos?

Y la ocurrió naturalmente que si se casaba con Gamboa, tarde que temprano tendría que residir por más o menos tiempo en el ingenio de La Tinaja, a donde ahora se dirigían en son de paseo. Naturalmente también, se agolparon a su mente, como en procesión fantástica, los rasgos principales de su breve existencia. Recordó su estada en el convento de las monjas Ursulinas de La Habana, donde en medio del silencio y de la paz se nutrió su corazón de los principios más sanos de virtud y caridad cristiana. Como en contraste recordó la muerte de su piadosa madre; la orfandad en que quedó sumida; su desolación y hondo pesar; los días serenos e iguales que después había venido pasando en el cafetal La Luz, bello jardín, remedo del que perdieron nuestros primeros padres, acariciada por sus más allegados e idolatrada por sus esclavos como no lo fue reina alguna sobre la tierra. Recordó, en fin, la situación aflictiva en que dejó a su padre, achacoso y ya entrado en años, el cual no aprobaba del todo aquel viaje, tal vez porque podía ser el preludio de separación más grave y prolongada.