Brevísimos fueron el silencio y recogimiento de la joven; pero tan intensa, tan viva su emoción, que no pudo evitar se le llenaran de lágrimas los ojos. Leonardo se hallaba a su lado, teniendo por la brida el brioso caballo, y ya por divertirla de sus tristes ideas, ya por echarla de cicerone, comenzó a describir los puntos culminantes del magnífico panorama que tenían a la vista. Había pasado él varias veces por aquellos lugares; conocía a palmos el terreno que pisaba y quería dar muestras a las amigas de su buena memoria. El primer ingenio a nuestros pies, dijo, es el de Zayas. Los árboles de esta parte de la loma nos impiden ver las fábricas, pero aquéllos son sus últimos cañaverales. Debe de estar moliendo, porque hasta acá llega el olor del melado. Muele todavía con trapiche y mulas. Tenemos que pasar por el mismo batey. Después, en el centro de este gran valle, un poco hacia nuestra derecha, por junto al tronco de aquella ceiba, pueden verse las tejas coloradas de la casa de calderas del viejísimo ingenio de Escobar o del Mariel. Según me cuenta mamá, fue el primero que se fomentó en esta parte de la Vuelta Abajo. También debe de estar moliendo pues veo salir humo de entre la arboleda del batey. Luego, ¿no ven Vds., una nube blanca que atraviesa el valle en toda su latitud a la altura de los árboles describiendo una porción de vueltas y revueltas? Un poeta diría que era un cendal de gasa. A mí me parece la piel de una culebra soltada en la huida del monstruo de las montañas al mar. Pues no es otra cosa, si bien reparan Vds., que los vapores que van marcando el curso torcido del río Hondo, notable por lo estrecho de su cause y por las grandes avenidas que hace en tiempo de lluvias. Ahora estará bajo y habrá puentes para pasarlo sin necesidad de mojarnos los pies. Del otro lado, por aquí derecho, en vuelta del noroeste, ¿divisan Vds., un bosque muy verde y tupido del cual asoman unas torres que parecen redondas? Ese es el ingenio Valvanera, de don Claudio Martínez de Pinillos, recién creado Conde de Villanueva. A la izquierda, al pie del monte de Rubín o Rubí, se ven los cañaverales del ingenio La Begoña, y a la derecha, aún no discernible, La Tinaja, cerca de una legua del pueblo de Quiebra Hacha.
Muy pendiente era la bajada por aquel lado al vastísimo valle de los ingenios de azúcar, y aunque trazada en zig zag, todavía trabajaban mucho los caballos para mantener el carruaje en el conveniente nivel. Acortaba el calesero las riendas del de varas, temeroso de un resbalón; y se abatía de nalgas y se deslizaba que no marchaba de firme. Con esto crujían las sopandas de cuero, sobre las cuales se mecía la caja del quitrín a guisa de zaranda, y el sudor empezaba a brotar del tronco de las orejas y de los ijares de las fatigadas bestias.
—Poco a poco, Leocadio, dijo Isabel en llegando a lo más agrio de la cuesta. No había visto yo camino más pendiente.
Cabalgaba Leonardo al estribo derecho del carruaje, y dijo en son de broma:
—¿Es Isabel la que habla? La creía yo más guapa que eso.
—Si se figura Vd. que tengo miedo, repuso ella prontamente, se engaña de medio a medio. No temo ni pizca por mí, temo por los caballos. Mire Vd., el de barras: la carga es mucha y la bajada precipitosa; se ha bañado en sudor, y estoy esperando verle caer y rodar. Sí, mejor será apearnos. Para Leocadio.
—No, no se apee, niña, dijo el calesero con instancia, arriesgando un choque con sus amas. Como su merced se apee en este paraje, tendrá que apearse en todas las lomas. Pajarito es mu resabioso y sabe más que las bibijaguas. Déjeme su merced darle cuarta y verá cómo no se hace más el chiquito.
—Eso es lo que tú quisieras, que te dejase maltratar al pobre caballo. ¿No sabes que no está acostumbrado a las lomas? De ningún modo consentiré que le pegues. Para, te digo.
—La niña tiene perdíos los animales y la gente, murmura Leocadio recogiendo las riendas para parar. Cuando estaba viva la señora estos caballos volaban como pájaros. A ella sí que le gustaba jarrear de duro.
En este punto intervino Leonardo, oponiéndose al propósito anunciado por su amiga, no ya sólo porque de hacerlo así el tronco adquiriría el vicio de que hablaba el calesero, sino porque de resultas de la sombra del arbolado de la derecha aun no había enjugado el sol la humedad del suelo barroso del camino. Cedió ella con visible repugnancia, y como para no tomar parte directa en el martirio, según dijo, de los caballos, entregó los cordones del de la pluma a su hermana Rosa y cerró los ojos mientras duró la bajada.