No deseaba ésta cosa mejor. Joven y viva de carácter, amaba el peligro y se perecía por manejar, fueran las que fuesen las fatigas que experimentasen las caballerías en trasportarla por aquellos derrocaderos, como al niño en su cuna de viento.
Molía Zayas en efecto. Las pilas de caña miel recién segada cerraban casi los costados exentos de la casa de ingenio, pues sólo dejaban un pasaje bastante amplio, eso sí, por el lado del batey, o camino que traían los viajeros. Notábase allí gran vocerío y movimiento, lo mismo dentro que fuera. Dentro, las mulas del trapiche pasaban y repasaban por delante del espacio abierto en su precipitado giro, azotadas despiadadamente por los mozos negros que corrían a par de ellas con ese único propósito. Por entre aquel estrépito infernal se oía distintamente el crujir de los haces de caña que otros esclavos desnudos de medio cuerpo arriba metían de una vez y sin descanso en las masas cilíndricas de hierro. Al otro lado del trapiche, aunque eran mayores si cabe la batahola y la algarabía, por decirlo así, de los ruidos confusos, no se veía cosa alguna; impedíalo completamente el denso humo revuelto con el vapor que se desprendía de las hirvientes calderas, donde se cocía el dulcísimo jugo de la caña y llenaba con sus inmensas olorosas columnas todo el interior del gran laboratorio.
Afuera, una doble fila de carretas, o se acercaban cargadas a dicha casa, o se alejaban de vacío en dirección del campo o del corte de caña, como se dice; todas tiradas por un par de bueyes no menos flacos que tardos en sus movimientos. Pie a pie de cada yunta marchaba el conductor o carretero esclavo, armado de ahijada larga y pincho agudo de hierro; y a todo lo largo de la doble fila de carretas, ya en una dirección, ya en otra opuesta, cabalgaba en su mula marchadora el bovero blanco, armado también, mas no de vara, sino del indispensable cuero, con el que de cuando en cuando cruzaba las espaldas de aquel negro que creía remiso en el uso de la férrea ahijada.
La hechura de las carretas era lo más zurdo y primitivo que puede imaginarse; el engrase de los ejes por darse, con lo que las cargadas chirriaban sin cesar; al paso que las de vacío, con sus desmesuradas ruedas y holgura de manga, sobre no guardar jamás la perpendicular, fuera cual fuese la nivelación del piso, hacían un retintín desagradable, chocando de continuo las sueltas bilortas contra los sotrozos de hierros fijos, y saliéndose de su sitio las tablas de la cama. Por largo trecho en una y otra dirección, el batey y las guardarrayas desaparecían bajo las hojas pajizas y aun los trozos útiles de caña dejados caer por incuria, por exceso de carga o por defecto material de los vehículos empleados en su trasporte. A este lamentable desperdicio contribuían como los que más los conductores. No bien se alejaba el boyero de un punto dado, se aprovechaba el conductor inmediato para sacar de la carga el trozo de caña que mejor le parecía, en cuyo acto arrastraba otros varios que se caían en el camino y allí quedaban para ser hollados y molidos por las carretas que venían detrás. No se cuidaba de eso, antes se llevaba a la boca por un extremo el trozo de caña y le chupaba afanoso, sin dejar de animar a los bueyes con voces descompasadas y repetidos pinchazos hasta sacarles sangre: puede ser en desquite por la que el boyero hacía saltar de sus espaldas con la pita, o llámese punta, del terrible látigo.
Tales escenas u otras muy parecidas a éstas se repitieron a la vista de los viajeros, a su paso por los ingenios de Jabaco, Tibotibo, El Mariel o antiguo de Escobar, Ríohondo y Valvanera.
Entre las dos plantaciones últimamente mencionadas, sólo avistaron una pequeña sitiería, a la margen derecha del camino, quiere decir, de un grupo de cabañas pajizas donde algunas familias pobres cultivaban un corto paño de tierra y criaban animales domésticos. No podía dársele siquiera el nombre de aldea, dado que allí, ni en muchas millas a la redonda, había escuela ni iglesia. Los ingenios de fabricar azúcar no consentían, por lo general, en su inmediata vecindad, esos símbolos del progreso y de la civilización.
Para librarse de aquellos amargos pensamientos procuraba separar los ojos del suelo negro, duro y sin lustre, cual hierro dulce, del camino, y los pasaba por cima de las flores o güines color violado claro, de las cañas en sazón, hasta tropezar en la zona azulosa donde se unía el horizonte con las cumbres oscurísimas de las distantes montañas.
Pero por más de un motivo poderoso no la era dable a Isabel aquella concentración que demandaba el espíritu en su agonía. Bruscas cuanto frecuentes eran las ondulaciones del terreno; el camino, aunque ancho, necesariamente torcido; las cañadas estrechas y hondas; la mayor parte de las cuales había que pasarlas por puentes hechos sin arte ni solidez, con maderos rollizos, o con tablas sacadas de los troncos de las palmas. Tenía que ser la marcha, en consecuencia, lenta y cautelosa, y luego no sabía Rosa regir el caballo de fuera; razón por qué más bien que de ayuda servía de estorbo al de varas, ya atravesándosele delante, ya no tirando a la par, o tirando en dirección opuesta a la del movimiento del carruaje. Quejose más de una vez el calesero de estos tropiezos, hasta que Isabel, para acallarle y evitar un contratiempo serio, reasumió los cordones del caballo de la pluma.
Si Rosa supiera, no habría podido manejar mejor en aquella alegre mañana de viaje. A la izquierda del quitrín, donde lo permitía la amplitud del camino, iba Diego Meneses, tan galán a caballo como decidor y amable a pie y entonces inspirado y elocuente, dispuesto más que otras veces a ver las escenas que recorrían sólo por su lado poético y brillante. A cada paso hallaba motivo para empeñar la atención de su entusiasta amiga, ya indicándole los festones de aguinaldos blancos o campanillas pendientes de todos los arbustos a orillas de los cañaverales, ya los güines de las cañas, que comparaba con las garzotas de innumerables guerreros en marcial arreo, mecidos blandamente por la gentil brisa de la mañana; ora los grupos de tomeguines que con rumor sordo, cual de viento rastrero y en gran tropel, seguían por algún trecho la dirección de los viajeros, rozando con las yerbas y luego desapareciendo por entre los troncos de las cañas; o el vivaracho sabanero de tardo vuelo, que salía con estrépito del espeso matorral y se posaba con mucha dificultad en la primer hoja de caña con que tropezaba en su desatentada fuga; o la esquiva garza blanca que se abría paso por entre las ramas del roble ribereño, y con el largo cuello replegado a la espalda y los pies colgando seguía en su huida el curso del arroyo; o la bandada de alborotosas cotorras que cubrían los naranjos silvestres y sólo se veían cuando se aferraban a la dorada fruta para extraerle la simiente; o el gavilán, en fin, águila de Cuba, que daba gritos y gritos penetrantes mientras se cernía por encima de las palmas más alterosas, entre la tierra y el cielo.
Finalmente, pasadas las diez de la mañana, atravesaron los viajeros los cañaverales del ingenio Valvanera, a la vista de sus grandes fábricas. Dos millas adelante se acercaron al pueblo de Quiebra Hacha. Aquí se dividía en dos el camino que traían, uno que torcía al oeste y era el carretero de la Vuelta Abajo, y el otro, el de La Angosta, que servía de entrada a los ingenios de azúcar, ya establecidos en esa región de la costa. Este tomaron nuestros viajeros. A su paso por el pueblo varias personas reconocieron y saludaron con amistoso respeto a Leonardo Gamboa.