Presentábase adelante el país tan áspero, desigual y montuoso como el anterior recorrido, aunque el arbolado era más frondoso y lozano, casi primitivo, y el suelo surcado de arroyos bulliciosos y de limpias aguas que corrían a perderse al fondo de la bahía del Mariel, o en el mar abierto al Norte. Tras media hora de camino debajo del bosque, donde no penetraban los rayos del sol, se avistaron los cañaverales de un ingenio en el repecho de una colina, acotados por una cerca rústica hecha de gajos, que mantenían en posición horizontal rajas de leña o estacas con horquilla hincadas en tierra y atados juntos de trecho en trecho, para mayor seguridad, con un bejuco que, cuando verde, es bastante flexible y elástico, conocido en la Vuelta Abajo con el nombre vulgar de colorado, Bauchinis heterophyllas.

Luego que, siguiendo por breve espacio, paralelo a dicha ruda cerca, en cuyo tiempo ganaron los viajeros la altura de la colina, se les ofrecieron en toda su extensión y grandeza los campos de caña y allá, en el centro del cuadro, el variado grupo de sus fábricas, coronando otra colina de mayor planicie y más ancha base. Aquél era el ingenio de La Tinaja, y Leonardo Gamboa, que servía de guía, se las mostró a sus amigos con cierto sentimiento de orgullo. Para ello había motivo sobrado, no ya sólo por el valor en dinero que representaba la finca, y por las consideraciones sociales que se les guardaban a sus dueños, mas también por el cuadro bello y pintoresco del conjunto, contemplado a buena distancia; encubridora eficaz de los lunares y manchas inherentes a casi todas las obras, así humanas como divinas.

El camino por donde se habían internado los viajeros hasta allí era el denominado de la Playa, porque servía para el acarreo de los azúcares al pueblo del Mariel, desde el cual se embarcaban y conducían en goletas al mercado de La Habana. Cruzaba la colina por su cúspide y había establecida en ella una talanquera no menos rústica que la cerca, pues se reducía a unas varas en bruto, metidas por sus cabezas en los orificios de dos largueros paralelos. Arrimada a la cerca, y en su encuentro con la talanquera, se alzaba una cabaña o bohío de los de vara en tierra o de dos aguas, tan gacho que la techumbre se componía de hojas enteras de la palma tendidas en los costados o vertientes, con las puntas descansando en el suelo.

Adelantose Leonardo para ver por qué no se hallaba en su puesto el negro guardiero y abría la talanquera. Con tal objeto, plantó su caballo ante la única entrada del bohío, e inclinando el cuerpo, trató de registrar el interior. Inútil trabajo: la puerta o boca era muy estrecha y baja, y más allá de dos pies del umbral no podían penetrar ojos humanos, no tanto por la viva claridad del día afuera, cuanto por la densa nube de humo de leña que ardía dentro y no tenía otro medio de escape que ése.

—No veo nada y dudo que haya alma viviente en el bohío, dijo Gamboa hablando con las señoras en el quitrín, parado en medio del camino. ¡Maldito negro!

—Tal vez duerme, dijo Isabel.

—Si no es el sueño de la muerte, repuso Gamboa, juro que no le salva nadie de un bocabajo.

—¿De qué se trata? preguntó Meneses. ¿De abrir la talanquera? Yo abriré y no perderé el casamiento por eso.

—No harás tal, replicó Leonardo colérico. No lo consiento.

—Bien, sugirió Isabel con su voz argentina y dulce. Abrirá el calesero; los caballos están harto cansados para echar a correr. Leocadio, apéate.