¡No, mi suamito, no siñó, sumercé! ¡Caimán no roba rapaúra! ¡Caimán no bebe aguaurdiente!

—¡Cállate, perro viejo! Anda, corre a abrir la talanquera. ¿No corres todavía? ¿No sabes correr? Ya haré que el Mayoral te avive un poco con el cuero. ¡Anda! ¡Vuela!... y trató de pegarle (sin alcanzarle por fortuna) un puntapié en la cabeza desde el caballo.

Parecía ser el guardiero hombre de más de sesenta años de edad. Tenía al menos encanecida la cabeza, y aun la escasa barba, que le cubría el labio superior, señal segura de vejez en las gentes de su raza. A unos brazos desproporcionadamente largos y huesosos, unía dedos crispados, cual si padeciese lepra; ojos chicos de expresión hosca y triste, nunca más triste que, cuando después de abierta la talanquera, echó una mirada a las señoras del quitrín y pareció rogarles le protegieran de la cólera de su amo.

Pasado el primer momento de irritación y de ceguedad, comprendió éste que había mostrado demasiado apasionamiento y bastante grosería delante de señoras que, además de hallarse bajo su protección, iban a disfrutar de su hospitalidad en el ingenio. El caballo había sido más generoso que él puesto que, pudiéndolo, no atropelló al esclavo cuando le halló postrado en su camino. Tuvo vergüenza Gamboa de su conducta, pero muy soberbio para reconocer su falta y enmendarla con la franqueza que demandaba el caso, se limitó a referir los rasgos principales de la vida del guardiero, por supuesto, calumniándole de paso.

—No se figuren Vds., dijo, que el taita Caimán es lo que parece, un viejo inerme y manso o esclavo leal y humilde. Han de saber Vds. que el sobrenombre que lleva no se lo han puesto a humo de paja; es lo más astuto, maligno, con ribetes de taimado que existe; ni tan ignorante que no practique ciertas artes, que le dan importante consideración entre los suyos. Pasa por brujo y por hacerse invisible cuando le conviene o se halla en peligro. Construye ídolos y encantos que tienen propiedades mágicas en ciertos casos. Nadie diría que ve, oye ni entiende, y sin embargo, tanto de día como de noche nada ni nadie se le escapa; y sabe, como el caimán, hacerse el dormido para asegurar mejor la presa. La juventud la ha pasado en el monte huido, y en sus repetidas fugas ha visitado todos los palenques del Cuzco y hecho amistad con los negros cimarrones más famosos de la Vuelta Abajo. Ahora está muy viejo para tales trotes, y, en consideración a haber sido uno de los fundadores del ingenio de La Tinaja, el único que sobrevive de los que tumbaron aquí los primeros palos, mamá hizo que lo pusieran de guardiero, y le conserva en ese puesto contra la opinión de los empleados que conocen su historia y sus malas mañas. Cuando quiere o le conviene no le gana a vigilante ni el perro más fino. Puede decirse que es libre: cría gallinas, engorda todos los años uno o dos cochinos que vende, y entierra el dinero en alguna parte, y posee una yegua, en la cual puede dar vueltas de noche a los linderos de la finca. Pero como digo, es muy taimado y maligno y apostaría cualquier cosa a que no se hallaba lejos del bohío y de su puesto sin algún objeto doloso y reprobado a la mira. Por el cañaveral se ve con sus compañeros del ingenio; por el monte sólo con los cimarrones o con los taberneros del pueblo para cambiar azúcar por tabaco, aguardiente u otra cosa por el estilo.

—Así debe de ser, Leonardo, comenzó diciendo Rosa, pues me pareció que traía una...

La tía y la hermana, más avisadas que ella, no la dejaron terminar la frase; y nadie más habló en el resto del camino.

Entre la una y las dos de la tarde, bajo un sol de fuego cuyos rayos los reflejaban las hojas de la caña cual si fueran bruñidas espadas, se desmontaron los viajeros en la gran casa de vivienda de La Tinaja.

Capítulo IV

Lo más negro de la esclavitud no es el negro.