José de la Luz y Caballero

Bajo más de un concepto era una finca soberbia el ingenio de La Tinaja, calificativo que tenía bien merecido por sus dilatados y lozanos campos de caña-miel, por los trescientos o más brazos para cultivarlos, por su gran boyada, su numeroso material móvil, su máquina de vapor con hasta veinticinco caballos de fuerza, recién importada de la América del Norte, el costo de veinte y tantos mil pesos, sin contar el trapiche horizontal, también nuevo y que armado allí había costado la mitad de aquella suma.

La casa de calderas o de ingenio era tan fuerte como vasta: edificio exento casi enteramente, cuya armadura se componía de pares rollizos, apoyados en soleras pesadas y éstas en pilares, dichos horcones en el país, sin escuadría ninguna ni más pulimento que el que pudo darles con la zuela el vizcaíno carpintero-arquitecto contratado en la finca para esos trabajos. Tenía el aire imponente y rústico que parecía demandar su destino. Debajo de su cubierta de tejas coloradas se abrigaban el trapiche, la máquina de vapor y el tren Jamaiquino de elaborar el azúcar, montado sobre tres hornos o fornallas. No se hallaban en el mismo nivel todos estos aparatos: el de las calderas era varios pies más bajo; y para pasar de un departamento a otro había que descender dos anchas escalinatas de piedra, flanqueando el plano del trapiche y máquina de vapor. Esto se hacía así para que tuviese una caída fácil el guarapo, que al salir de las masas corría por una canal de madera a la artesa, llamada allí mansera, donde algo se limpiaba y seguía al tacho o paila para recibir el primer hervor.

Paralelo con este edificio había otro tan grande y más gacho, cerrado por sus costados con paredes de mampostería y una sola entrada, haciendo frente a la parte de las calderas mencionadas. Este era la casa para la purga y el secado del azúcar. En otros separados se hallaban la carpintería, la herrería, la enfermería, y la que puede llamarse casa de maternidad; las habitaciones del mayoral, del boyero, carpintero, mayordomo y maestro de azúcar, quien temporalmente residía también en el ingenio. Para el maquinista, cuyo oficio a la sazón desempeñaba un joven americano, se había construido una habitación provisional con tablas de cedro, cerca de la máquina de vapor; único sitio abrigado en aquel feo caserón. Seguían después, formando grupo, sobre doscientas cabañas o bohíos de paja, con sus correspondientes corrales y gallineros adjuntos, para la morada de los trescientos esclavos, o dotación del ingenio. Las otras casas exentas, a saber: las del bagazo, la de batir el barro para la purificación del azúcar, y otras de menos importancia, se hallaban erigidas en el espacio medianero entre la de calderas y la de purga.

La planta de aquélla, denominada por antonomasia «de vivienda», figuraba en paralelogramo trapezoidad, sentada en el suave declive de una colina, cuya diferencia de nivel se había procurado remediar alzando el piso por el frente. Era de un solo cuerpo de fábrica de manipostería gruesa con cubierta de tejas huecas coloradas, amplio pórtico, la sala cuadrada al medio, flanqueada a ambos lados por dos crujías de cuartos, pasadizos corridos por el interior, patio rectangular en el centro, cerrado por una tapia alta con caballete de vidrios, y una portada en el lienzo del fondo, que se cerraba con cerrojo y cerradura y servía para la comunicación interior de la servidumbre de la casa. En el patio crecían muchas flores, algunos naranjos, higueras y parras, que no contribuían poco con su verdor y su sombrío a la frescura de los cuartos; aunque para quebrar la reflexión de los rayos solares en puntos de medio día, habían puesto cortinas de cañamazo en todo el derredor de los pasadizos. Arreglo igual se advertía en el pórtico, que por su elevación y amplitud, se hallaba más expuesto a los embates del viento y a los efectos desagradables de la reflexión solar en el extenso y desolado batey.

Desde lo alto de la escalinata del pórtico se registraba de un extremo a otro la casa de calderas al frente, la de purga algo más a la derecha, aunque sólo por el lado de las gavetas para secar el azúcar; el barracón de los negros o la estacada que encerraba sus habitaciones rústicas; en suma, la mayor parte de las que componían la vasta población del ingenio; los campos de caña hacia el oeste, los techos pajizos de las casas del potrero, y más allá un palmar inmenso, un codo del río y luego la selva alterosa y primitiva, que formaba como el fondo oscuro de este variado cuadro campestre.

Cosa del medio día del 24 de diciembre de 1830, arrellanados en cómodas butacas de vaqueta, se hallaban los amos del ingenio en cómodas butacas de vaqueta colorada, se hallaban los amos del ingenio La Tinaja, junto con otras varias personas, al abrigo de la reflexión solar, tras las cortinas de cañamazo. Casi todos los caballeros, don Cándido Valdés, cura de Quiebra Hacha, el capitán del partido y el médico fumaban tabaco; doña Rosa, la esposa del capitán antes dicho, la mujer y cuñada del mayoral del potrero y las señoritas Gamboa, comían unas dulces cañas de la tierra, otras, naranjas de China y guayaba del Perú, etc., productos éstos de la estancia del ingenio. Por allí andaban nuestros conocidos de La Habana: Tirso, Aponte, Dolores, junto con otra de las negras que habían venido por mar, y dos o tres más de la dotación del ingenio, que por criollas y de mejor apariencia las habían destinado al servicio doméstico, todos haciéndose útiles.

De las señoritas Gamboa, Carmen y Adela no calentaban asiento, picaban un pedazo de guayaba o de naranja y emprendían luego largos paseos, enlazadas de las manos, de un extremo a otro del pórtico, con manifiestas señales de impaciencia por la tardanza, a su juicio, de las amigas de Alquízar. Adela en particular, cada vez que tocaba en el ángulo del sur, levantaba un canto de cortina de cañamazo y echaba una ansiosa mirada por toda la guardarraya maestra adelante hasta su intercepción en el camino de la Playa. Al fin, poco después de la una de la tarde, se oyó a lo lejos ruido de ruedas de un carruaje y la marcha precipitada de varias caballerías; y Adela, sin ver nada aún, exclamó alegre:—¡Ahí están!

No se engañó esta vez. A poco más llegaron al pie de la escalinata del pórtico las señoritas Ilincheta en su carruaje, el cual, junto con sus ocupantes, los caballos y los jinetes, venían cubiertos con el polvo de la tierra colorada. Inútil sería detenernos a describir punto por punto las variadas escenas del encuentro de ambas familias en medio de las soledades de la Vuelta Abajo. Más de un motivo había para que, al menos algunos de los presentes, mirasen aquel instante como un evento verdadero, digno de nota. Sucede, además, que los jóvenes, y también a veces las personas mayores, cuando se reúnen en un sitio de campo con ánimo de pasar sólo unos días en franca y cordial sociedad, lejos de los lugares donde se han acostumbrado a vivir y divertirse, se sienten fuertemente atraídos; si son amigos lo son y lo expresan más; si parientes, se persuaden que los unen más estrechos lazos; si amantes, ¡ah!, su amor les parece eterno, la dicha de amarse, celestial.

Las mujeres se estrecharon fuertemente entre los brazos. Adela lloró de alegría al apretar entre los suyos a Isabel, por la cual sentía afición extraordinaria. Para ella era la más modesta y amorosa de las mujeres. También doña Rosa distinguía a la mayor de las Ilincheta, y en la ocasión de que hablamos la mostró señalada cordialidad. Hasta don Cándido tan seriote y desmañado, que no tuvo ni una sonrisa para su hijo cuando éste se acercó a pedirle la bendición, recibió a las señoritas Ilincheta con desusadas demostraciones de cariño, y se las presentó a los caballeros que estaban de visita, diciendo:—También éstas son mis hijas. Y hablando con Isabel añadió: He aquí tu casa; espero que goces y te diviertas en ella como en la tuya encantadora de Alquízar.