Ya no duró el recibimiento en el pórtico sino corto rato. Sobre estropeadas las señoras del viaje, necesitaban algún reposo, asearse, cambiar de traje, antes de sentarse a la mesa. Doña Rosa, o la mujer del Mayoral Moya, que hacía de ama de llaves para ahorrarle trabajo a esa señora, había hecho preparar alojamientos para las señoritas Ilincheta y para su tía, inmediatos a los aposentos ocupados por la familia de Gamboa en la crujía de la derecha, después de la sala.
Ya de tardecita se sentaron a la mesa en la gran sala de la casa de vivienda, entre señoras y caballeros, unas dieciséis personas, atendidas por la mitad de ese número de siervos. Doña Rosa hizo los honores. La secundó cuanto era compatible con su carácter don Cándido, aunque éste guardó sus cumplimientos para el administrador de Valvanera en primer lugar, en segundo lugar para el cura de Quiebra Hacha, en tercero para el médico de su finca y para el Capitán del partido. Todos debían pasar la noche en el ingenio para tomar parte en las ceremonias que iban a celebrarse al día siguiente, o primero de Pascua de Navidad. Fuera de la esposa y de la cuñada del Mayoral del potrero, ninguno de los empleados del ingenio fue invitado a comer en la casa de vivienda; y el mismo Moya, que tenía vara alta con los amos actuales de La Tinaja, no tomó asiento, aún invitado por don Cándido, so pretexto de haber comido.
Reinaron en el banquete la jovialidad y animación, templadas por las maneras decentes propias de la buena crianza, aunque excepto Meneses, el joven Gamboa y el cura, nadie de los presentes había recibido educación esmerada ni frecuentado el trato de la alta sociedad cubana. El último nombrado, don Cándido Valdés, criollo, se había educado en el Seminario de San Carlos, de La Habana. En materias religiosas era tolerante hasta la despreocupación; en política profesaba opiniones liberales que solía llevar hasta la exaltación.[45] El médico Mateu, de Galicia, había hecho la práctica de su profesión a bordo de los buques negreros, y ahora curaba por iguala en varios ingenios de la comarca. Pasaba por buen mozo; pero su bien parecer corría parejas con su necedad y pedantería. Creía que todas las mujeres se enamoraban de él, y desde su puesto en la mesa le lanzaba miradas a hurtadillas a Rosa Ilincheta, cuya graciosa figura, viveza y fogocidad de carácter sobraban para volverle el juicio a hombre de más seso que él. El cura simpatizó desde luego con Isabel, que en todas sus palabras y acciones revelaba las altas prendas de su espíritu. Don Manuel Peña, asturiano, casado con una criolla buena moza, desde el mostrador o taberna del pueblo había ascendido a Capitán pedáneo, especie de Juez de paz, y única circunstancia por la cual los amos del ingenio de La Tinaja le sentaban a su mesa. Don José de Cocco era otra especie de hombre; natural de Cádiz, tenía fina apariencia, los dientes muy blancos y los ojos azules, poca talla, bastante chiste y escasa instrucción.
Este se dedicó a obsequiar a la segunda de las señoritas Gamboa, a cuyo lado quedó en la mesa, con la conciencia, sin embargo, de bajo ninguna circunstancia una de las amas del ingenio La Tinaja daría su corazón ni su mano al Administrador del ingenio Valvanera. Por lo que toca a Adela, la más linda de todas, su extremada juventud la ponía a cubierto de los galanteos de los hombres allí reunidos.
Circuló entre éstos libremente la copa del vino desde el principio hasta el fin de la comida; terminada la cual, se levantaron los manteles para servir los postres sobre la tabla desnuda, de bruñida caoba. Trájose enseguida el café puro en tazas de trasluciente China, la espumosa champaña, el coñac francés y el ron de Jamaica. Después don Cándido Gamboa sacó a relucir su gran vejiga olorosa y dorada, y repartió sendos tabacos, cual brevas, entre el Capitán, el Médico y el Cura, pues Cocco no fumaba, tampoco Meneses, y Leonardo no se hubiera atrevido a tocar un cigarro delante de su padre.
Puesto el sol terminó el banquete. Pero pasando la familia y las visitas al amplísimo pórtico donde ya los criados habían enrollado las cortinas de cañamazo, pudo echarse de ver que hacía suficiente claridad en el campo circunvecino. Era que por un lado surgía la luna creciente de entre el bosque lejano y hería oblicuamente las hojas y flores de las cañas y los troncos blancos de las palmas, al paso que desde lo alto del cielo azul y diáfano como el cristal, vertían innumerables estrellas chispas de plata y oro.
Por sus pasos contados, después del banquete, todas las personas reunidas en la casa de vivienda se dividieron en tres grupos. Doña Rosa, en compañía de doña Juana, la Moya, la mujer del Capitán y Antonia, la mayor de las señoritas Gamboa, volvieron a ocupar los sillones de vaqueta colorada. Don Cándido, con el Cura, el Capitán y el Mayoral del potrero, para digerir mejor la comida y saborear sus olorosos tabacos, daban cortos paseos y conversaban en una cabeza del portal. El primero, sobre todo, aprovechó la ocasión de tomar algunos informes, más imparciales que los de su mayoral, acerca de las ocurrencias en la finca durante los quince o más días que precedieron al de su llegada a ella. Con este motivo dirigió como de paso varias preguntas a Moya, el cual, honrado con aquella distinción por el amo del ingenio delante del Cura y del Capitán pedáneo, se apresuró a contestarlas con lisura y no poca satisfacción. Por ejemplo, preguntado:
—¿No se ha sabido nada, Moya, acerca de los negros que se fugaron la semana pasada? El Mayodomo me ha dicho que son siete, entre ellos una negra.
—Veríficamente, señor don Cándido, no se ha sabío naitica entre dos platos, contestó.
—Pero, ¿se ha hecho alguna diligencia?