—No hay que maldecir por tan poca cosa, dijo el Cura.
—Registre Vd. su memoria, Moya, dijo sonriendo don Cándido al ver su apuro.
—El caso es, repuso éste después de breve detención, que yo no sé que puée ser la causa y que no puée ser causa pa que se juya un negro. El señor don Cándido dice que unos negros se ajorcan y no se juyen; y dispués dice que el mal trato es la causa de los cimarrones. Bueno. También dice el señor don Cándido que los carabalí son mu soberbios. Yo digo que son mu perros y más perros que toos los negros juntos. Pedro briche es el cabecilla de sus carabelas en el ingenio. Siempre habla lengua con ellos, y el Mayoral está quemao con él. Yo lo sé; pero no le había puesto nunca la mano encima, ni dende que vino de África creo yo que naiden le sacó sangre con el cuero. Pues, señor, la semana antes pasáa, Pedro briche no se presentó en la jila, ni dormió por la noche en el barracón. ¿Qué querían que hiciera don Liborio? Al día siguiente va y lo coge sotaventao, y le da unos cuerazos por arriba de la camisa, lo puso en el cepo por dos días, le quitó el mando de contramayoral y lo sopló al campo a chapear. Se emperró más. Yo le dije que le diera un buen bocabajo, pero temió que le levantara toa la negráa. Y ya se ha visto el resultao, se fue al monte con seis compañeros porque no se le castigó bastante.
—¿No lo decía? dijo don Cándido con aire satisfecho. Y añadió, antes que Moya le quitara la palabra:—¿Y qué dice de todo eso Goyo, el guardiero del camino de la Playa? ¿Sabe Vd. si le han sondeado?
—¿Cómo que no? contestó Moya prontamente. El primerito que se vio pa eso. ¿No ve el señor don Cándido que hasta la puerta mesma de su bujío se encontró rastro fresco de negros que venían del monte, del lado de allá? Pero él juró por toos los santos del cielo que no vio, oyó ni sintió náa en too este tiempo. Se calentó don Liborio contra él y quiso arrimarle unos cuerazos pa que cantara; mas yo se lo quité de la cabeza, porque pensé que se iba a poner brava la señora doña Rosa en cuanto que supiera que habían castigao al taita Caimán.
Con esto don Cándido menudeó sus paseos sin curarse de las personas que le hacían compañía, quizás para que no le interrumpieran en sus meditaciones. Luego, volviéndose de improviso para Moya, en tono breve e imperioso le preguntó por el Mayoral.
—Cuando yo venía del potrero, contestó Moya, estaba él con la gente en el corte de caña, enfrente de la tumba nueva. No debe de tardar ya, pues como no hay que cortar yerba de Guinea pa la comía de los caballos, porque hay cojollo, soltará la gente más temprano. Mire, ahí vienen las carretas con las últimas cañas pa probar la máquina... Allá lejos se ve el boyero en su mula, y más lejos entoavía, por la otra guardarraya, veo ahora a don Liborio. El cañaveral me tapa sus perros y yo no pueo decir si va solo o con la gente. El viene a caballo.
Capítulo V
9. Limpio soy yo, y sin delito...
10. Por cuanto ha hallado achaques
contra mí, por eso me ha tenido
por enemigo suyo.