11. Ha puesto en un cepo mis pies,
ha guardado todas mis sendas.
Job, XXXIV
Mientras en un extremo del pórtico ocurría la escena trazada ya, tenía lugar en el opuesto otra muy diversa. Formaban allí grupo animado e interesante las señoritas Ilincheta, junto con las dos más jóvenes de Gamboa, rodeadas por el medio círculo de los caballeros que las galanteaban o admiraban. Todos en pie. Las señoras apoyadas de espaldas en la barandilla, y los caballeros pendientes de los labios de Rosa Ilincheta que, en pocas palabras, llenas de gracia y gráfica expresión, describía los pequeños incidentes del viaje, su mal manejo parte del camino, y sus propias impresiones.
Leonardo se sonreía, Cocco aplaudía, Mateu el médico hacía piruetas de gusto, y Meneses se mantenía serio de celos, porque crecían con esto los admiradores de su linda amante. Adela e Isabel, dadas las manos, escuchaban y callaban. De pronto alguien le tiró de la falda a Adela por el lado de fuera del pórtico. Volvió ella el rostro con viveza y vio a una negra de buen aspecto, en traje muy diferente del que usaban las demás esclavas de la finca.
—¿Qué quieres?—preguntó Adela bastante asustada.
—Su merced me dispense, niña. Venía por el médico. (No le veía por la oscuridad y las faldas de las señoras interpuestas.)
—Y ¿quién eres tú?
—Soy la enfermera, criada de su merced.
—¡La enfermera! repitió Adela sorprendida.
—Sí, niña, la enfermera María Regla. ¿Y su merced no es la niña Adelita?