—La misma que viste y calza.
—¡Ah! exclamó la esclava, apretándole suavemente los pies a la joven, ya que no podía otra parte de su cuerpo. Me lo decía el corazón. Ayer la vi pasar por el batey desde la ventana de la enfermería. Quedé en dudas de cuál sería mi niña, si la niña Carmen o su merced. ¡Cuánto ha cambiado! ¡Qué linda se ha puesto mi hija, Virgen Santa!
—Me lo decía el corazón, linda, mi hija, remedó Adela. Si soy tu hija, si me quieres tanto, ¿por qué no has venido a verme? Te avisé con Dolores. ¿Por qué no saliste a hablarme? Me tienes muy brava.
—¡Ay! exclamó la negra. No me diga eso, niña, que me mata... Su merced no iba sola.
—No. Iba con mamá, Carmen, la mujer de Moya y su cuñada Panchita. ¿Qué tenía eso de particular?
—Bastante, niña de mis ojos.
—Habla, explícate.
—No puedo ahora, niña mía.
—¡Qué! ¿Tú no piensas pedirle la bendición a mamá?
—Sí, niña. Debo, lo deseo en el alma, venía... Desde el punto que llegó Señorita de La Habana, pensé correr y echarme a sus pies...