—¿Por qué no lo has hecho así? ¿Quién te lo ha impedido?

—Señorita misma.

—¿Mamá? No, no puede ser. Te engañas, sueñas, María de Regla.

—Ni me engaño, ni sueño, niña Adelita. ¡Ojalá! Señorita ha prohibido que ponga los pies en esta casa.

—¿Cómo es que yo no sé nada de eso? ¿Quién te ha ido con semejante cuento?

—No ha sido cuento, niña Adelita. Dolores me refirió una conversación que Señorita tuvo con el amo sobre mí...

—¿Ya lo ves? Dolores entendió mal. Mamá no está brava contigo. Y si no, ahora mismo voy a averiguarlo.

—No lo haga, niña Adelita, no, por el amor de Dios, replicó la esclava muy asustada, deteniendo a la joven por un canto del vestido. Por sí, o por no, será mejor que Señorita no me vea ahora. ¿Está ahí el médico?

—Pues yo quiero verte a solas. Arreglaremos el modo. Con Dolores te avisaré. ¿Y para qué quieres al médico?

—Para un moreno que han traído del monte mordido por los perros.