—¡Mordido por los perros! repitió Adela. ¡Ay! Debe de ser muy serio el caso cuando llaman al médico. ¡Si le habrán despedazado! Es probable. Esos perros son como fieras. ¡Qué horror, Dios mío! Mateu, añadió en alta voz, ahí le buscan.
Cosas bien extrañas en verdad empezaba Isabel a averiguar respecto de la familia bajo cuyo techo se hallaba hospedada y del ingenio tan ponderado de La Tinaja. Interesada vivamente en la suerte de la enfermera, antigua nodriza de su tierna amiga, ahora desterrada de la casa solariega, y conmovida, horrorizada con lo que había oído respecto del esclavo, mordido por perros feroces, cosas todas inauditas para ella, no pudo ocultar Isabel de Leonardo, ni su intenso disgusto ni sus hondas emociones.
—¿Qué tienes? ¿Qué te ha dado? le preguntó él.
—No sé, contestó ella. Me siento mal.
—Me pareció, continuó Leonardo, que te había afectado el cuento del negro herido. No seas boba. ¿Qué apostamos a que no ha sido mayor la cosa? ¿A que no pasa de unos cuantos rasguños? Si conocieras a la enfermera pensarías como yo. Mamá no la puede ver por escandalosa. Ni hay que dar nunca entero crédito a lo que dicen los negros. Todo lo exageran y abultan.
—¿Qué fue, Adela? preguntó doña Rosa desde su asiento oyéndola llamar al médico.
La enfermera desapareció en un instante, y antes que Adela contestase a su madre se apareció el Mayoral a caballo, precedido por sus dos hermosos alanos, para dar cuenta en voz campanuda de todo lo que había pasado. Era éste hombre alto, enjuto de carnes, mas de recios miembros, muy moreno de rostro, ojinegro, el cabello crespo y poblado de barba, cuyas grandes patillas le cubrían ambos lados de la cara hasta tocar en los ángulos de la boca, que por esto parecía más chica. A pesar del sombrero de ala ancha que llevaba siempre puesto, lo mismo en el campo que en la casa, al aire libre que bajo techo, pues muchas veces hacía uso de él como de gorro de dormir, cuando se lo quitó para hablar con don Cándido viose que mientras la parte superior de su frente parecía de un hombre blanco, la nariz, las mejillas y las manos nadie diría sino que eran de un mulato; tan quemadas estaban del sol. Venía armado, como suele decirse, hasta los dientes, de machete de cinta, puñal con cabo de plata o que brillaba como tal, y el ponderoso látigo, cuyo mango, hecho de un gajo de naranjo silvestre, no era arma menos terrible por ser sólo contundente.
Comenzó diciendo:
—Santas tardes tenga el señor don Cándido con toa la compaña. Yo soy venío a participasle que han traío a Pedro brichi con algunas mordías. Se arresistió y fue preciso atojarle los perros.
—¿Quién le ha capturado? preguntó el amo con mucha calma.