—La partía de don Francisco Estévez, nombráa pa coger negros cimarrones.
—¿Sabe Vd. dónde le han capturado?
—En los cañaverales de La Begoña, cerquitica de las sierras.
—¿Estaba él solo? ¿Y los compañeros?
—Náa se sabe de ellos, señor don Cándido, ni Pedro quie decislo tampoco. Me se figura que será preciso biraslo pa que cante. Por eso vengo a donde el señor don Cándido pa que me diga qué hago con Pedro. Está muy emperrao...
¿Dónde le tiene Vd. don Liborio? preguntó el amo después de larga pausa.
—En la enfermería.
—¿Qué, tan estropeado está?
—No por eso, señor don Cándido. Lo tengo en el cepo de la enfermería pa mayor seguriá, y no he querío ponesle grillos por las herías; y luego dispués me se figura que tiene malas intenciones. Sus ojos son dos tomates maúros, y he reparao que cuando se le ponen asina los ojos a los negros es que quieen hacer una fechuría. Yo le digo al señor que está mu emperrao ese negro. Mire el señor si es perro, que cuando lo metí en el cepo me dijo:—el hombre no muere más que una vez, y que «ya estaba cansao de trabajar pa su amo». El señor debe de saber que luego que los negros cogen y hablan asina es porque, como dice mi compadre Moya, que está presente, se les ha metío la Guinea en la cabeza. Apuráamente ellos se tienen tragáo que cuando se ajorcan aquí van derechitos a su tierra.
—¡Aberraciones de la ignorancia! exclamó el Cura.