Doña Rosa, mujer cristiana y amable con sus iguales, que se confesaba a menudo, que daba limosna a los pobres, que adoraba en sus hijos, que en abstracto al menos estaba dispuesta a perdonar las faltas ajenas para que Dios, que está en el cielo, la perdonara las suyas; doña Rosa, sentimos decirlo, al ver las contorsiones de aquéllos a quienes la punta del látigo de cuero trenzado del mayoral abría surcos en sus espaldas o brazos, se sonreía, tal vez por creer grotesco el espectáculo, o exclamaba, exclamación en que la hacían coro las personas de que se hallaba rodeadas:—¡Hase visto gente más bruta!

También se sonrieron los caleseros Aponte y Leocadio, junto con dos mozos más, que desde el colgadizo de la gran caballeriza del ingenio, atraídos por el continuo estallar del temible cuero, presenciaban a salvo la escena y esperaban se despejase el campo para salir y recoger el forraje destinado a las caballerías de que estaban hecho cargo inmediatamente.

Si añadimos que en estas circunstancias hasta los perros del Mayoral mostraron a su modo una alegría desusada, no creemos decir nada nuevo. Ello, mientras don Liborio hablaba con los amos del ingenio, se mantuvieron echados a los pies de su caballo; pero apenas se dirigió a los negros, se colocaron a sus flancos y no perdieron de vista ni sus ojos ni los movimientos de su brazo derecho, aguardando sin duda la orden de echarse sobre la víctima y rematarla.

Es de consignarse aquí, sin embargo, que no todas las señoras presentes se unieron al coro a que antes se ha aludido. Doña Juana, al contrario, apartó los ojos para no ver, ya que la política la vedaba retirarse y era fatal el oír los latigazos y los quejidos sordos de las víctimas. En igual caso se hallaban las sobrinas de esta señora y las dos hijas menores de Gamboa; pero éstas tuvieron siquiera el arbitrio de refugiarse en el patio. Allá las seguían Meneses, Cocco y Leonardo, a tiempo que don Cándido llamó a este último y le ordenó acompañase al médico al hospital y se informase menudamente de lo ocurrido con el preso. En conversación íntima a poco con el cura y el capitán, agregó:

—Quiero acostumbrarle (a su hijo) a estas cosas desde temprano, porque yo mañana o esotro día me muero y él por necesidad habrá de reemplazarme en el manejo del caudal; sobre todo en la administración de esta finca, que por más de un motivo le pertenece. Este ha de ser su mayorazgo.

De aquel mandato imperioso de don Cándido nació el que Leonardo, repugnándole y todo la visita, ya que no le era dado desobedecer, ni excusarse tampoco, pretendiera le acompañasen sus amigas y hermanas. Cedieron éstas sin dificultad, lo mismo que Rosa, tanto más cuanto que se brindaron a ir de la mejor gana Meneses y Cocco. Isabel de pronto se negó; mas instada y reflexionando que tal vez habría ocasión de ejercer en aquella visita uno de los actos de misericordia, cedió también, y cuando salía del brazo con Leonardo, dijo al paso a doña Rosa en tono amable y risueño:—Me llevan.

—Bien hecho, repuso doña Rosa.

—¡Buena pareja! dijo doña Teresa, la mujer del capitán Peña, a tiempo que Leonardo e Isabel descendían por las gradas del pórtico al batey.

—¡Hermosa! dijo doña Nicolasa, la mujer de Moya.

—¿No crees, Rosa, (dijo don Cándido a la suya al paño, concordando mentalmente con la oportuna observación de aquellas dos mujeres), cada vez más acertada la idea de casar cuanto antes a Leonardo con Isabel?