—Sí, contestó doña Rosa distraídamente.

—A ella la tengo por una buena cosa. Y se conoce que está enamorada de Leonardo. Luego el matrimonio es un freno...

No sabía don Liborio contar de cálamo currente[46] más de una decena. Pero tenía feliz memoria y era buen fisonomista; de modo que, exceptuando los siete esclavos prófugos, ocho enfermos en el hospital y los veintiocho adscritos a las diversas dependencias de la finca, carpinteros, albañiles, herreros, mozos de cuadra y sirvientes, los demás, hasta el número de 306, varones, hembras, solteros, casados, grandes y chicos, no le quedó género de duda que uno tras otro habían pasado por delante de sus ojos y entrado en el barracón. Satisfecho sobre este particular cerró la portada, pasó el cerrojo horizontal de figura de T, y le echó la llave; la cual, junto con el látigo colgó de un clavo fijo en la jamba de la puerta de su casa, por la parte fuera, debajo del colgadizo.

Si hubiera leído el Quijote, habría podido decir con el caballero andante: «Nadie las mueva, que estar no pueda con Roldán a prueba.» Porque al pie de esos símbolos del poder señorial cubano, lloviese, ventease, hiciese calor o frío, dormían los feroces alanos del Mayoral y ¡ay del sin ventura que osase acercarse para desprender la llave o el látigo!

Después de comer solo, porque la familia estaba de visita en la estancia, don Liborio a pie, con machete y puñal al cinto, acompañado de sus perros, se dirigió de prisa a reunirse con el médico en el hospital. Para llegar a él, allá en los confines del plano o cuadrado donde se habían erigido todas las fábricas del ingenio, había que pasar por junto al ángulo de un seto de piñones que protegía un cañaveral en flor. Allí los perros se separaron de su amo y en el vano empeño de traspasar el obstáculo, gruñeron, o más bien gimieron de aquel modo que suelen cuando husmean la presa cercana. Pero ya hemos dicho que el Mayoral estaba de prisa, y siguió adelante llamando a sus perros.

Apenas penetró en la enfermería, bajó por la guardarraya al batey un negro a caballo, lo atravesó de un lado a otro, entró en el colgadizo de la casa del Mayoral, observó bien por todas partes, vio que no había luz ni gente, y sin apearse de la yegua flaca y desvencijada que montaba en pelo, cogió la llave, descorrió con ella el pestillo de la cerradura y la volvió a su sitio. Después de esta hazaña, siguió a la casa de vivienda y solicitó ver a sus amos, los cuales, hallándose aún en el pórtico, no tuvieron embarazo en recibirle.

No se desmontó, se deslizó por los costados de la bestia al suelo no teniendo estribo en que apoyar el pie. Su primer cuidado fue quitarse el gorro de lana con que se cubría la cabeza, y hecho todo un arco su cuerpo y tembloso, se echó de rodillas delante de doña Rosa, y en su mal español dijo:

La bendició, mi suamita.

—¡Ah! exclamó dicha señora algo asustada. ¿Eres tú, Goyo? Dios te haga un santo. ¿Cómo estás?

Mala, mi suamita.