—¿Qué te duele, Goyo?

Contestó con muchos rodeos y perífrasis ininteligibles las más, que ya le pesaba el cuerpo demasiado; que le faltaban las fuerzas y deseaba descansar en el cementerio; que estaba muy viejo; que el padre de doña Rosa le había sacado del barracón de La Habana cuando esta señora no había nacido; que fue uno de los esclavos fundadores del ingenio La Tinaja, uno de los primeros en derribar los montes con el hacha. Todo esto, que se tenía harto sabido la señora con quien hablaba, para informarla, en medio de aspavientos y circunloquios, que sabía donde se hallaban ocultos algunos de los esclavos prófugos, quienes deseaban presentarse desde que supieron que sus amos habían llegado de La Habana, porque estaban casi seguros que no se les castigaría por la falta cometida, en gracia de ser la primera vez; mayormente si el guardiero, que tan largos servicios había prestado en la finca, pedía perdón para ellos a la señora.

—Bien, dijo doña Rosa habiendo consultado con una mirada la opinión de su marido. Está bien, Goyo. Ve. Di a tus ahijados que pueden presentarse sin miedo; que por ti se les hará justicia... ¿Oyes?

Con dirigirse a doña Rosa para pedirla el perdón de los prófugos, dio a entender el guardiero que a lo menos podía concebir su cerebro dos ideas bien definidas. La una, que juzgaba más capaz de caridad el corazón de doña Rosa, por el hecho de ser mujer, que el de don Cándido; la otra, que siquiera por ama legítima del ingenio, pues le había heredado de su padre, había de ser ella más indulgente con las faltas de sus esclavos que él, quien, aunque señor de hecho, no lo era de derecho.

El pensamiento así expuesto parece demasiado abstruso para caber en la cabeza de un negro doblemente estúpido por sus largos años de esclavitud. Pero fuéralo o no en efecto, de esta manera fue como don Cándido interpretó el discurso del esclavo, hiriéndole en lo vivo, de un lado, que prescindiera de él en su embajada; del otro, la odiosa diferencia que marcó entre ama y amo. Es que llovía sobre mojado, como suele decirse, y cogió la ocasión por los cabellos para vengarse del insulto y recobrar, ante las personas testigos de la escena, la que él creía rebajada dignidad del señor amo. En esta disposición de ánimo, y cuando el anciano todo tembloso hacía los mayores esfuerzos para ganar de nuevo el lomo desnudo de su mansísima yegua, dijo don Cándido:

—Lindos estaríamos si por el primer zopenco que se interpone, hubiésemos de perdonar, no ya sólo las faltas más graves, sino hasta los delitos de nuestros esclavos.

Mirole asombrada doña Rosa, y luego dijo con aparente calma:

—¿Pues no estabas tú de acuerdo con mi decisión?

—Tal vez.

—¿Luego...?