—Luego es preciso que se haga justicia a esos bribones que osaron fugarse cuando más necesidad teníamos de sus servicios.

—¿Qué entiendes, Gamboa, por hacer justicia?

—Entiendo, repuso él con sorna, dar a cada quisque su merecido, castigar cual se debe al que delinque.

—Pero eso no sería hacer justicia.

—¿Cómo que no? pregúntale a tu hijo que estudia leyes, qué se entiende por hacer justicia. Recuerda, si no, cómo rezan los edictos de los fiscales de la comisión militar permanente que publica con frecuencia El Diario. «Yo, Fulano de tal, capitán del ejército por S. M., etc., cito, llamo y emplazo por éste mi primer edicto, a Zutano de Cual, para que se presente en la cárcel pública de esta ciudad dentro del improrrogable plazo de tantos días, a descargarse de la culpa que le resulta en la causa que le sigo por asalto y robo en despoblado o por infidencia; cierto y seguro de que si compareciere dentro del término señalado, se le hará cumplida justicia...» ¿Oíste? Cumplida justicia. Me le sé de memoria.

—No creo yo que la comisión militar, o como se llame, castigue a todo el que cita para hacerle justicia.

—Tienes que creerlo, porque por fas o por nefas, así sucede. ¿Cómo es que por más que le citen, llamen y emplacen, nadie se presenta de motu proprio? Claro, porque lo de hacer justicia no pasa de ser jarabe de pico. Puede ser el emplazado tan inocente como un recién nacido; con todo, si le pillan, de seguro que mamá cárcel por tres o cuatro años, y ya esto es un castigo... que de buena gana le daría a todos los que me quieren mal.

—Bien, Cándido, está bien todo eso; el caso es que yo no hablé en el sentido que dices. En resumidas cuentas, prometí el perdón que Goyo vino a pedirme para sus compañeros.

—Pues ahí está el engaño tuyo, Rosa. Tú no has prometido tal perdón ni calabazas. Ni si hubieras prometido era posible cumplir...

—Pero es que mi palabra está empeñada.