—Ese es el ajo, mi cara Rosa. En pocas palabras, tú no has prometido nada y tal fue lo que me propuse probarte para evitar mayores males. Por el mero hecho de decir se les hará justicia no se deduce que prometiste el perdón, lisa y llanamente... sin condiciones.
—Sí, pero Goyo creerá otra cosa, creerá que le he engañado.
—¿Y qué importa el quedar mal con el negro en la apariencia? Nadie tampoco guardó lealtad con los desleales a nativitate.[47]
—Tal vez no importe mucho por Goyo, que al fin es un negro viejo e ignorante, y de seguro no me entendió. Pero, ¿y mi conciencia, Cándido? Mi intención fue...
—Tu intención fue perdonar, la interrumpió don Cándido. Lo sé. Por lo que respecta a tu conciencia, añadió con exquisita ironía, debe estar más tranquila y serena que una balsa de aceite, en este caso. Y si hay en ello alguna culpa, échala sobre mí. Tú sabes que el diablo las carga. Quien sintió alguna vez escrúpulos de conciencia respecto de lo que dijo o no dijo, hizo o no hizo a los negros, ese santo varón, o esa santa mujer no ha debido tener esclavos jamás. ¡Escrúpulos de conciencia por semejantes bestias! ¡Ja! ¡Ja!
A este tiempo volvieron de la enfermería las señoritas y caballeros. El médico dijo que el negro había recibido varias mordeduras de carácter grave, no peligroso, en los brazos, antebrazos, canillas y carpos de las manos y de los pies. Parecía desgarrada la epidermis de algunos de los dedos de la mano derecha.—Pero por fortuna, agregó en su lenguaje peculiar, los incisivos de la fiera no han interesado lo bastante para romper ningún vaso principal y no hay temor de hematosis, aunque se ha presentado la hemalopia consiguiente a la exasperación física y moral, bajo la cual viene laborando hace tiempo el enfermo. Esto es preciso combatirlo con aplicaciones de sanguijuelas a las sienes; las que, de paso sea dicho, habrá que traer del pueblo, pues faltan en el botiquín de la finca. Por lo que hace al tétano, fácil es que se presente mediante a que el negro se ha mojado después de recibir las heridas. Con este motivo he dispuesto se le den unturas frecuentes de sebo y aceite con unas cabecitas de ajo majadas. Puedo decir, sin embargo, que hasta ahora no aparece dañado ningún nervio...
Leonardo fue más conciso. Hablando con su madre, dijo de manera que lo oyese su padre: que Pedro apenas le había reconocido a él como su amo; que estaba negado a declarar; que nada sabía de sus compañeros; que, como para intimidarle y obligarle a hablar le dijese don Liborio que ahora sí no se escaparía del cepo y que ahí le tendría hasta que doblase el cogote, contestó riendo que no había nacido el hombre capaz de sujetarle en ninguna parte contra su voluntad. Leonardo, lleno de indignación, le había vuelto la espalda; y, cosa extraña, agregó éste, luego que nos retirábamos, me llamó para decirme que deseaba ver a su amo, a papá.
—Lo esperaba, murmuró don Cándido alejándose. Hay tiempo mañana; no me molestaré ahora por su señoría.
Si se hubiera pedido informe a las señoritas sobre lo que habían visto en la enfermería, habrían referido muy diferente historia de la relatada por el médico y Leonardo. Hubieran dicho que el Hércules africano tendido boca-arriba en la dura tarima, con ambos pies en el cepo, con los hoyos cónicos de los dientes de los perros aún abiertos en sus carnes cenizosas, con los vestidos hechos trizas, por toda almohada para descansar la cabeza, las palmas de las manos, a pesar de tener rasgados los dedos y, necesariamente doloridos, Jesucristo de ébano en la cruz, como alguna de ellas observó, era espectáculo digno de conmiseración y de respeto. Su arrepentimiento de haber concurrido a aquel lugar no podía compararse sino con el dolor que experimentaron, singularmente la piadosa Isabel, cuando se desengañaron que no podían hacer nada en alivio de esta otra víctima de la tiranía civil en su desventurada patria.