Los negros... ¡Oh! mi lengua se resiste
A formular de su miseria el nombre!
D. V. Tejera
Por mostrar celo y actividad a los dueños, o por equivocar la hora precisa, como se guió por el canto de los gallos, el Mayoral del ingenio de La Tinaja, en la mañana de Pascua, puso la gente en pie mucho más temprano de lo acostumbrado.
Con el último solemne tañido de la campana, después de tomar sendas tazas de café, de encender un tabaco y de armarse, descolgó la llave, llamó a sus perros y se encaminó a pie al barracón para abrir la reja de hierro. Metió resueltamente la ponderosa llave en la cerradura, quiso hacerla girar en la guarda y no pudo: ¡Qué demongo! dijo para sí. Aquí han andao. Me parece que voy a dar más cuero... que Dios toca a juicio.
Alumbró con el tabaco el ojo de la llave, dio media vuelta en sentido de cerrar y oyó distintamente correr el pestillo y entrar en el cerradero del cerrojo.—¡Voto a Dios! exclamó. Si estaba abierta la puerta y yo he sío tan caballo que la he cerrao. ¡Va que la dejé abierta anoche! ¿Estaba yo bebió, o loco, o trastornao? ¿O ha habío aquí brujería? ¿Qué pasa, Liborio?
Salían en aquel punto los negros de sus bohíos y fue preciso que don Liborio pensase en lo que había de hacer con ellos. Descorrido el cerrojo, se plantó junto a la jamba de la puerta para verlos desfilar uno a uno, según tenía ordenado. Por eso, aunque hacía bastante oscuro, pudo observar que una negra se parapetaba del compañero y quería pasar desapercibida. Malicioso y vigilante, no necesitó de más para echársele encima, cogerla por un brazo y acercarle la lumbre del tabaco a la cara. Con sorpresa mezclada de alegría vio que era la negra Tomasa suama, prófuga hacía entonces precisamente dos semanas. Mientras sujetaba ésta, apareció recatándose también Cleto gangá, y tras él Julián arará, Andrés bibí y Antonio Macuá, los cuales detuvo y colocó a un lado.
Así que pasaron todos los demás y que formaron en medio del batey, echó por delante a los cinco presos y les ordenó hacer alto frente a frente del centro de la fila, tanto más larga cuanto que era sencilla. Seguidamente empezó el interrogatorio:
—Venga acá, mamá Tomasa, y dígame por vía suyita, ¿de aónde viene la niña ahora?
—De la monte, contestó ella imperturbable.
—¡Oiga! ¿Y qué fue a buscar al monte la niña Tomasa?