—¿Siñó...?
—No lo diga. No se tome ese trabajo la niña; lo sé: fue a pajariar. Yo le daré pajareo. Pero, ¿cómo es que se aparece ahora doña Tomasa suama?
—Venga a presentarse a la suamos.
—¡Bueno! Asina se hace. Pero ¿por aónde dentraron ustedes en el barracón?
—Po la pueta.
—¿Quién abrió la puerta a la niña?
—Naide. Tenía la pueta abieta.
Aquí se remató la paciencia del cómitre.
—Conque estaba abierta la puerta, ¿eh? ¡Ah, pedazo de p...!
Y sin más ni más la pegó tan fuerte bofetón, que la tendió en el suelo aturdida. Mientras ella se ponía en pie, dirigió poco más o menos las mismas preguntas a los cuatro compañeros de la negra y obtuvo poco más o menos idénticas respuestas.