—Sujeta por la pata a esa grandísima p... o ¡vive Dios! que te muelo a palos.

Y por vía de apremio le asestó un segundo garrotazo, que no por más fuerte que el primero, sino porque quizás acertó a darle en lugar donde el cabello lanudo no protegía completamente el cráneo, le dividió la piel como con un cuchillo y brotó un chorro de sangre de la herida. Julián a tientas apoyó la mano abierta en la garganta del pie de su compañera, y... empezó el bocabajo.

Tan singular conducta de parte de aquel negro en tales circunstancias, habría llamado la atención imparcial de persona menos estúpida o menos cegada por la pasión que don Liborio; habría inspirado consideración, ya que no respeto, en toda alma noble y generosa; habría excitado siquiera la curiosidad de averiguar el origen de un sentimiento que no dejaba de ser bello porque se abrigase en el pecho de un hombre semi-salvaje.

Varias circunstancias, además, concurrían en el caso del negro y de la negra, que servían para explicar la conducta de ambos en estos momentos de prueba. Y es de creerse que porque estaba al cabo de ellas don Liborio, mostraba tanta saña con la pareja. Julián y Tomasa eran poco más o menos de la misma edad; joven, robusta, agraciada ella; joven, atlético y gallardo él; procedían del mismo país en África; se tenían por paisanos o carabelas, según dicen. ¿Qué extraño sería que se amasen?

Tomasa, por su juventud, alegre humor y buena presencia era la favorita de sus camaradas y de los empleados blancos de la finca. La esclavitud no pesaba tanto para ella, ni tenía motivo para quejarse de su suerte, comparativamente hablando. ¿Por qué se había fugado? Parecía claro: por seguir a Julián, que, arrastrado por Pedro, su padrino de bautismo, el cabecilla del motín, adoptó esa malhadada resolución. Hizo más Tomasa: luego que cayó prisionero Pedro, del modo trágico referido, recabó de Julián el que se presentase y solicitase perdón de los amos por medio de Caimán, que ellos sabían tenía ascendiente en doña Rosa.

Para mayor abrigo, llevaba don Liborio atado a la cabeza un pañuelo de algodón, dos puntas de la lazada del cual le caían por detrás, y encima se había encasquetado el sombrero de paja. Traía la camisa suelta por fuera o faldeta, el puñal en la cinta y el machete en su puesto, asegurado con una faja de lienzo blanco. Apoyó la mano izquierda en la empuñadura, y con la extremidad del mango del látigo arrolló las faldas del vestido de la esclava hasta más arriba de las caderas y soltó la trenza del cuero crudo, que había sujetado en el hueco de la misma mano derecha. Todo esto por su orden, bien calculado con calma y formalidad, como quien no tenía prisa, antes se proponía saborear goce exquisito, a cuyo efecto no debía precipitar los sucesos.

Clareaba el horizonte por el este con las purísimas luces del alba. Descargado el primer latigazo con el aplomo y tino de quien posee brazo experimentado y de hierro, pudo convencerse el Mayoral que la pajuela o punta de cáñamo torcida y nudosa, con chasquido peculiar, había trazado un surco ceniciento en las carnes de la muchacha. Enseguida descargó otros y otros en más rápida sucesión hasta saltar pedazos de la piel y fluir la sangre; sin que a todas éstas la víctima exhalase una queja, ni hiciese otro movimiento que contraer los músculos y morderse los labios.

Así tuvo un desfogue momentáneo la ira del Mayoral, mas el estoicismo de la muchacha le privó en mucha parte del placer que se prometía al azotarla. El dolor, sensación fatal en todo ser animado, no la redujo, como él esperaba, al extremo de pedir perdón a su verdugo. Por eso, y porque deseaba concluir antes de salir el sol, encomendó a los dos contramayorales el castigo de Julián y de sus compañeros, contentándose él con observarlos de cerca para hacerles «apretar la mano» cada vez que por compasión o por otro motivo cualquiera suponía que no daban bastante recio. Tan pronto como se despachaba uno, le hacía lavar la llaga con orines en que se habían echado de antemano unas puntas de tabaco, a fin de evitar el pasmo o tétano, ordenando que los herreros les pusieran los grillos que para eso se hicieron venir de la mayordomía de la finca. Por lo que respecta a Julián, que se había desmayado dos o tres veces, o por el rigor del castigo, o por la pérdida de la sangre, juzgó prudente fuese trasladado a la enfermería para que le curasen la herida de la cabeza. A los demás penados, impedidos por el peso de los grillos y el dolor de los crueles azotes, los obligó a trabajar, junto con los restantes negros, en el chapeo de las guardarrayas alrededor del caserío del ingenio, que fue la fajina que desde el principio se propuso sacar don Liborio.

—¿Escuchas, Cándido? dijo doña Rosa entre sábanas a su marido. Me parece que oigo el cuero. Temprano ha madrugado hoy don Liborio.

Dormía profundamente don Cándido para que le despertase la música de los latigazos de su Mayoral, no obstante que por el vigor con que los descargaba y la calma de la naturaleza, resonaban por millas a la redonda. Pero repetida la pregunta a sus oídos, entre bostezo y bostezo, contestó luego con esta otra: