—¿Qué tengo de oír, Rosa?
—El cuero del Mayoral. Ni que fueras sordo.
—Ya, ya. Como que oigo algo. Sí. Está castigando. ¿Y qué?
—Alabo tu sangre fría. Aparte de otras cosas, ¿te parece poco habernos quitado el sueño tan temprano? De seguro voy a tener hoy un dolor de cabeza de los bravos. Me ha puesto nerviosa ese maldito hombre. Lo peor es que voy creyendo que el tal don Liborio no tiene ni pizca de consideración con nosotros. Nunca me gustó su cara de bandolero.
—¿Y qué querías que hiciera el hombre?
—Lo que toda persona decente hubiera hecho en su lugar. Irse a otra parte, lejos de la casa de vivienda a castigar los negros, si es que han cometido una gran falta y no podía dejar el castigo para luego.
—Quizás no ha podido remediarlo. Los negros a veces se empeñan en que los azoten y fuerza es darles gusto o se expone uno a que se le vayan a las barbas. También suele convenir en muchos casos que la pena siga al delito sobre la marcha para que surta el debido efecto.
—¿Pero tú no sabes mejor que yo la causa de este escándalo tan de madrugada?
—La supongo, Rosa, y es lo mismo. Me basta saber que los negros se le cayeron de las uñas al diablo.
—Sean o no malos los negros en general, y los nuestros en particular, la verdad es que don Liborio no para la mano desde ayer. Y si esto hace estando nosotros aquí, ¿qué no será cuando estamos lejos? Crucifica vivos a los negros.