—Pues tú le celebrabas anoche de hombre recto, y...

—¿Qué querías que dijera delante de la gente? Por dentro estaba que me comía los hígados. También no había él enseñado todas las uñas. Mas ya esto es demasiado. Qué ¿no sabrá el muy bestia que tenemos visitas? ¿Qué dirá Meneses, joven instruido, casi extraño para nosotros, no acostumbrado a estas escenas? Lo menos que se figurará es que éste es un presidio, el Vedado, y que somos de alma negra...

—No te dé cuidado por el mozo, dijo don Cándido. Apostaría cualquier cosa a que duerme a pierna suelta, arrullado con la música de los latigazos...

—Sí, pero ahora que me acuerdo, ¿qué dirá Isabelita si ha despertado? Por fuerza que ha de haber despertado. Deben oírse los cuerazos en el muelle de Tablas. Resuenan en mis oídos como cañonazos. Vea Vd.; y esa muchacha que es tan delicada, tan enemiga de los castigos. No será mucho que de esta hecha rompa con tu hijo, creyendo que sus padres son dos verdugos y que él le ha bebido los vientos. Lo sentiría por ti que estás tan empeñado en que se casen...

—Poco a poco, mi cara Rosa, la interrumpió don Cándido con más viveza que de costumbre. Hablas cual si no aprobaras el matrimonio en proyecto.

—¿De dónde has sacado tú que yo lo apruebo?

—¡Hombre! Hasta habíamos acordado el día de la boda, poco más o menos.

—Tú has arreglado eso, yo no. Si consiento en el matrimonio no es que lo apruebo de corazón, no es que me empeño en que se casen. Por una parte, no podré aprobar nunca que mi hijo querido deje mi abrigo y se vaya a vivir en otra casa. Por otra parte, no conozco mujer bastante buena para mi Leonardo. Ni Isabelita, a quien tengo por una santa, ni la diosa Venus que bajara de nuevo a la tierra, me parecería digna de él. Si consiento en que se casen (todavía puede que se arrepientan) es por ti, es porque no te cansas de repetirme y cantaletearme noche y día que el mozo se va a perder, que tendrá mal fin, que es preciso sujetarlo, que es muy enamorado (el pobrecito hasta ahora no ha mirado sino para Isabel), que asoma inclinaciones bajas... Me pones la cabeza tamaña con tales agüeros, me asustas y digo para mí: no es mal sastre el que conoce el paño: tal padre, tal hijo, y desaprobando, doy el consentimiento. El es un niño todavía, necesita de mis caricias; pero tú eres implacable, quieres casarlo y te saldrás con la tuya. Se casará, si es que la muchacha no se vuelve atrás... A veces creo contigo que el matrimonio es un freno, aunque si hemos de juzgar por ti... las mayores locuras las has cometido después de casado, y sabe Dios...

—En esto había de venir a parar la cerrazón, volvió a interrumpir don Cándido a su mujer. Más vale así. Al fin te has distraído y dejado en paz a don Liborio.

—Lo que es a ese pícaro no pararé hasta botarlo...