—Sería mala política despedir a don Liborio a raíz de haber castigado con mano fuerte las desvergüenzas de los esclavos. ¿A dónde iría a parar el prestigio de la autoridad? El Mayoral representa aquí el mismo papel que el coronel delante de su reglamento, o que el capitán general delante de los vasallos de S. M. en esta colonia. ¿Cómo, si no, se conservarían el orden, la paz ni la disciplina en el ingenio, en el cuartel o en la Capitanía General de la isla de Cuba? Nada, Rosa, el prestigio de la autoridad lo primero.
—¿De manera, repuso doña Rosa con la lógica parda de las mujeres, que por conservar el prestigio de la autoridad de don Liborio vas a dejar que acabe con los negros?
—¡Acabar con los negros! repitió don Cándido fingiendo sorpresa. No hará tal, por la sencilla razón de que de ellos está llena el África.
—Allá se pueden estar todos los negros del mundo; el caso es que cada vez se dificulta más la reposición de los que se pierden por causa de los ingleses.
—Tampoco es eso como suena, Rosa. Aparte de que por un bocabajo más o menos no se muere negro ninguno, ríete de que los ingleses lleguen a impedir la trata al punto de hacer escasear los brazos. Ya ves cómo les pasamos por los bigotes los de la última partida del Veloz, haciéndoles creer que eran ladinos de Puerto Rico.
—Continúa el cuero, Cándido. Es preciso averiguar qué es eso. Haz que venga el Mayordomo. Levántate, dispón alguna cosa.
—Ahí llaman. Dile a Dolores que pregunte entre tanto me visto.
Esta dormía en el cuarto inmediato con las señoritas. A las voces de su ama se asomó a un postigo y dijo:
—Es Tirso, con el café para el amo y para Señorita.
—Pregúntale qué pasa allá por el batey, dijo ésta a la esclava. ¡Qué día de ascuas se nos depara! ¡Y luego la mala noche... y el bochorno! ¡Qué prestigio de autoridad ni qué calabazas! ¡Al infierno con don Liborio!