Informó Tirso, temblando del frío o del miedo, que se habían aparecido los negros fugados, que el Mayoral los estaba castigando y que había matado a Julián porque no había querido virarse.
—¿No te lo decía? dijo doña Rosa. Ni siquiera ha respetado que yo les servía de madrina.
—Probable es que él no lo supiera.
—Ellos han debido decírselo.
—No los ha creído sobre su palabra. Además, Tirso miente como un bellaco. Me levantaré, sin embargo, por darte gusto. Cuando se te pone una cosa en la cabeza, eso ha de ser.
—Me da no sé qué tu santa calma. Te están matando a los negros y no corres. ¡Cómo si no costaran dinero!
—Ahora sí que has hablado como un Salomón, dijo don Cándido saliendo al pórtico.
Según es de suponer, mucho antes que de costumbre estaban en movimiento toda la familia y las visitas en la casa de vivienda del ingenio de La Tinaja. El sitio que ofrecía más desahogo y sombrío era el pórtico, y allá acudieron todos. El sol hería la casa por la espalda, proyectando la sombra por largo trecho adentro del batey donde, entre las ocho y las nueve de la mañana, se hallaba tendida la dotación de esclavos de la finca, en su traje ordinario, sucio y harapiento.
Acercose don Liborio al pórtico a caballo, se desmontó, le ató por el ronzal a la barandilla y ascendió la escalinata hasta situarse en el último escalón. Desde allí, quitándose respetuosamente el sombrero, saludó a la compañía en general, y en particular a doña Rosa, quien, sentada con mucha gravedad en el sillón más conspicuo, cual reina en su trono, y rodeada de sus hijas y amigas, contestó con un murmullo inaudible. No podía perdonarle esta señora a aquel hombre el mal rato, si es que don Cándido se había dado por satisfecho después de oírle el relato parcial de lo sucedido por la madrugada.
Las criadas al inmediato servicio de la familia presenciaban el espectáculo desde la puerta de la sala, y doña Rosa, por conducto de la más anciana, hizo decir al Mayoral que llamara a los dos contramayorales. Venidos, hicieron la genuflexión de costumbre en presencia de sus amos, cruzándose de brazos y permaneciendo en silencio, cual dos estatuas de piedra negra. El aire de dignidad con que se presentaron aquellos dos hombres, indicaba claramente que no eran congos. Eran lucumíes, raza guerrera del África y está dicho todo.