—¿Qué tal les va? fue la primera pregunta que les dirigió doña Rosa.
Se miraron el uno al otro y de soslayo a don Liborio, como si se animaran mutuamente a decir algo, o dar algún desahogo a su espíritu atribulado. Adivinó doña Rosa el motivo del embarazo de sus esclavos: se morían por hablar, mas temerosos de las consecuencias, por la presencia del Mayoral, juzgaron más cuerdo callarse. No necesitó ella de más para hacerles salir de su reserva. Cambió la pregunta.
—¿Tienen bastante comida?
—Sí, siñora, contestaron a una sin titubear.
—¿Mucho trabajo?
—No, siñora.
—¿Están Vds. contentos?
Volvió a sucederse la escena mímica de antes. Después de mirarse el uno al otro, y de reojo al Mayoral, que empezaba a manifestar bastante inquietud, quizás se disponía el más viejo de los dos a hacer la breve cuanto dolorosa relación de sus trabajos y miserias, cuando don Cándido los atajó ordenando en alta voz que les entregaran la ropa nueva traída de La Habana para regalo de Pascua de la dotación del ingenio.
Constaba cada muda para los varones, de camisa de cañamazo o rusia, nada cumplida, pantalón de lo mismo, gorro y frazada de lana; para las hembras, de una como camisa talar llamada túnica, también de rusia, pañuelo de algodón de colores y frazada. Estas piezas constituían lo que en lenguaje marino de Cuba se entendía por la esquifación de los negros que trabajan en el campo.
Buena dosis de soberbia había en el carácter de doña Rosa, no siendo de aquellas mujeres a quienes es fácil desviar de sus propósitos con subterfugios ni sutilezas dialécticas. La mera suposición de que don Cándido, con achaque de proteger el prestigio de la autoridad investida en el Mayoral, tendía a rebajar sus derechos de ama, delante de personas extrañas, bastó a poner espuelas a su deseo de afirmarlos, y de un modo señalado. En tal virtud, no bien se retiraron los contramayorales cargados con las esquifaciones para ellos y sus compañeros, siempre por medio del Mayoral hizo comparecer en su presencia al negro que denominaban Chilala. Acercose despacio y con bastante trabajo, clamando, como le estaba ordenado:—Aquí va Chilala, cimarrón.