Así que depositó la masa de hierro en el piso del pórtico, se arrodilló delante de doña Rosa, cruzó los brazos sobre el pecho, y con gran humildad en su peculiar lenguaje, dijo:
—La bendició, mi suama sumecé.
—Dios te haga un santo, Isidoro, contestó doña Rosa amablemente. Levántate.
—Asi ta mijó mi suama sumecé.
—¿Por qué te huyes, Isidoro? le preguntó el ama en tono compasivo.
Extrema era la flacura de este esclavo. Apenas tenía otra cosa que huesos y nervios. Luego, el color rojizo de sus cabellos, la palidez cenicienta del rostro, su mirar vagaroso e inquieto, comunicaban a su semblante una expresión de azoramiento como de animal montaraz.
—¡Ah, mi suama sumecé! exclamó dando un suspiro. Tlabaja, tlabaja; poco comía; no conuca; no cuchina; no mujé: cuera, cuera, cuera...
—De modo, replicó doña Rosa con mucho reposo y cierta sonrisa de satisfacción, de modo que si te acortan el trabajo y te dan mejor comida y un conuco, y un cochino, y mujer con quien casarte y no te castigan tanto, ¿tú no te huyes más y te portas bien?
—Si, siñó, mi suama sumecé. Chilala no juye ma: Chilala tlabaja; Chilala fino, fino.
—Pues bien, Isidoro, ya que tú me prometes que no te huirás más y que te portarás como hombre formal, haré que no te castiguen tanto, que no te hagan trabajar mucho, que te den bastante comida, y un cochino, y un conuco, y mujer con quien casarte. ¿Estás contento?