—Sí, siñora, mi suama sumecé; Chilala contente, mu contente.
—Más todavía quiero hacer por ti, segura de que no me has de engañar. Don Liborio, añadió en tono alto e imperioso: quítenle ahora mismo los grillos a este negro.
La larga esclavitud, la ignorancia crasa en que había vivido, el durísimo trato del ingenio, nada había podido borrar la sensibilidad, el sentimiento de la gratitud en el pecho del esclavo. Costole trabajo y esfuerzo de imaginación entender lo que su ama le decía; mas tan luego como entendió que iban a quitarle los grillos, faltándole las palabras apeló a las demostraciones para expresar su inmenso agradecimiento. Se echó de bruces a las plantas de doña Rosa, cual lo hiciera delante de un fetiche en su país natal, y con grandes aspavientos y exclamaciones incoherentes de una alegría loca, besó muchas veces el suelo que ella había hollado.
En todo son extremadas las mujeres de la índole de Isabel: o aman, o aborrecen; las medias tintas de sus pasiones se quedan para casos raros. En las pocas horas de su estada en el ingenio, había podido observar cosas que, aunque oídas antes, no las creyó nunca reales y verdaderas. Vio, con sus ojos, que allí reinaba un estado permanente de guerra, guerra sangrienta, cruel, implacable, del negro contra el blanco, del amo contra el esclavo. Vio que el látigo estaba siempre suspendido sobre la cabeza de éste como el solo argumento y el solo estímulo para hacerle trabajar y someterle a los horrores de la esclavitud. Vio que se aplicaban castigos injustos y atroces por toda cosa y a todas horas; que jamás la averiguación del tanto de la culpa precedía a la aplicación de la pena; y que a menudo se aplicaban dos y tres penas diferentes por una misma falta o delito; que el trato era inicuo, sin motivo que le aplacara ni freno que le moderase; que apelaba el esclavo a la fuga o al suicidio en horca como el único medio para librarse de un mal que no tenía cura ni intermitencia. He aquí la síntesis de la vida en el ingenio, según se ofreció a los ojos del alma de Isabel, en toda su desnudez.
Pero nada de esto era lo peor; lo peor, en opinión de Isabel, era la extraña apatía, la impasibilidad, la inhumana indiferencia con que amos o no, miraban los sufrimientos, las enfermedades y aún la muerte de los esclavos. Como si a nadie importara su vida bajo ningún concepto. Como si no fuera nunca el propósito de los amos corregir y reformar a los esclavos, sino meramente el deseo de satisfacer una venganza. Como si el negro fuese malvado por negro y no por esclavo. Como si tratado como bestia se extrañara que se portara a veces como fiera.
¿Cuál podía ser la causa original de un estado de cosas tan opuesto a todo sentimiento de justicia y moralidad? ¿Tendría el hábito o la educación, fuerza bastante para sofocar en el corazón, sobre todo de la mujer, el sentimiento de la piedad? ¿La costumbre de presenciar actos crueles sería capaz de encallecer la sensibilidad natural del hombre y de la mujer ilustrada y cristiana? ¿Tenía algo que ver en el asunto la antipatía instintiva de raza? ¿No estaba en el interés del amo la conservación o la prolongación de la vida del esclavo, capital viviente? Sí lo estaba, a no quedar género de duda; pero eso tenía de perversa la esclavitud, que poco a poco e insensiblemente infiltraba su veneno en el alma de los amos, trastornaba todas sus ideas de lo justo y de lo injusto, convertía al hombre en un ser todo iracundia y soberbia, destruyendo de rechazo la parte más bella de la segunda naturaleza de la mujer: la caridad.
Repasando Isabel todas estas cosas en la mente, mientras los demás contraían su atención a las escenas que se representaban en el pórtico y en el batey, la ocurrió preguntarse:—¿Por qué quiero yo a Leonardo? ¿Qué hay de común entre mis ideas y las suyas? ¿Llegaremos alguna vez a ponernos de acuerdo sobre el trato que ha de darse a los negros? Suponiendo que sobre este particular cupiera concordancia entre nosotros, ¿me resignaría a seguirle a este infierno? Y siguiéndole, ¿vería yo, cual doña Rosa, con impasibilidad, los horrores e injusticias que aquí se cometen día y noche impunemente?...
En este punto del soliloquio de Isabel, empezaba doña Rosa a mostrar el lado bello de su carácter, que aquélla ni muchas otras personas aún habían visto. Como va dicho, a su voz cayeron las prisiones del más infeliz, por humilde, de sus esclavos. Y una vez empeñada en esta línea de conducta, la prosiguió hasta el fin. Era que la impelia la especie de fiebre que produce el deseo de las buenas o las malas acciones, y procedía a ciegas en la obra del bien. Aún tenía de bruces a sus pies a Isidoro, cuando ordenó se quitaran los grillos a los seis compañeros del mismo, y no contenta con esta trascendental medida, hizo comparecer a su presencia a Tomasa y a los tres castigados por la madrugada; oyó con paciencia sus quejas, les dio algunos consejos, los consoló cuanto pudo en aquellas circunstancias y acabó por decir en tono airado:—Contra mi voluntad y expreso mandato los han azotado a Vds hoy. ¡Ea, don Liborio!, quítenle los grillos a estos negros.
Fuera el que fuese el motivo secreto que impelía a doña Rosa a reasumir coram populi[49] la autoridad domínica en su ingenio de La Tinaja, los actos piadosos con que la afirmó produjeron honda y sincera impresión en el ánimo de la concurrencia. Los hombres aprobaron y aplaudieron; las mujeres, conmovidas, derramaron lágrimas de alegría. A los ojos de Isabel, la señora de Gamboa se transfiguró, pasando de golpe, allá en su noble corazón, de las profundidades del desprecio a la más alta cima de la admiración. La vio entonces la más hermosa y buena de las mujeres. La hubiera estrechado en sus brazos con el mismo cariño que solía estrechar a su madre sana y risueña tras días y horas de ausencia; la hubiera adorado de rodillas con el mismo fervor que el primer esclavo, objeto de la piedad del ama, la había mostrado su agradecimiento.
—¡Qué dulce es, exclamó, perdonar las faltas de aquellos que dependen de nosotros! ¡Para esto únicamente es una dicha ser ama de esclavos! Y dio a llorar ya sin fuerzas para dominar su emoción.