—¡Qué! ¿Llora Vd., señorita? la preguntó el cura compadecido.
—No me es dado, contestó ella sollozando, contemplar las acciones generosas y caritativas con los ojos enjutos.
—Muchas más lágrimas derramaría Vd. tal vez por motivos opuestos, si continuase en el ingenio.
—No me parece que pudiera vivir aquí mucho tiempo.
—Señorita, observó el cura admirado de tanta sensibilidad y discreción: veo que no es Vd. de carne y de los huesos de los amos de esclavos.
—No, no lo soy. Si me viera en el caso forzoso de escoger entre ama y esclava, preferiría la esclavitud, por la sencilla razón de que creo más llevadera la vida de la víctima que la del victimario.
Adela, en su entusiasmo, rodeó el cuello de su madre con los brazos, imprimió una porción de amorosos besos en sus mejillas y la dijo:
—Pues que es hoy día de perdones, ¿llamo a...? No dio el nombre en voz alta.
—¿Quién? preguntó doña Rosa torciendo el ceño.
Con mayor timidez que antes repitió Adela al oído de su madre el nombre reprobado.