Cambió doña Rosa de repente de semblante y de actitud, pasando del fervor piadoso a la seriedad y... a la ira.

—No, no. Ella no merece perdón... Tampoco se ha dignado pedírmelo.

—Ahí cerca está para pedírtelo. Sólo aguarda mi aviso.

—No, no, hija. Que no se me presente. Me haría arrepentir de lo que he estado haciendo. No, que no se me presente.

Alejose Adela del lado de su madre afligida y llorosa.

Enseguida se procedió al bautizo de los 27 negros bozales de la expedición del bergantín Veloz que le tocaron en suerte a don Cándido Gamboa; luego al casamiento de tres o cuatro esclavas, cuya voluntad no se exploró ni por mera forma; en fin, se dio permiso para que hubiera tambor (baile) en la finca hasta la puesta del sol.

Por disposición de doña Rosa, el boyero tomó interinamente el bastón, quiere decir, el látigo, mejor, el mando de los esclavos del ingenio de La Tinaja.

Capítulo VII

15. ¿En dónde, pues, está ahora mi esperanza?

16. A lo más profundo del sepulcro descenderán mis cosas, ¿crees tú que siquiera allí tendré yo reposo?