Job. XVII

Declinaba a toda prisa la tarde. Allá, por el rincón más apartado del batey, aún se oía el rudo tambor con que los negros se acompañaban el melancólico canto y el baile salvaje de su país natal.

Acá, por la casa de ingenio, había gran agitación y ruido. Las torres o chimeneas de los hornos para hacer vapor y calentar las pailas del tren Jamaiquino,[50] lanzaban al aire columnas de humo negruzco y espeso.

El bozal del maquinista, recién llegado del granítico Maine, en los Estados Unidos de Norte América, con la alcuza de cuello largo y corvo en la mano, iba del trapiche para la máquina y de ésta para aquél, dando aceite a las juntas y ejes, a fin de moderar la fricción, causa fatal de las pérdidas de fuerza.

Impaciente y desazonado el maestro de azúcar, aguardaba la corriente del guarapo que debía poner a prueba su habilidad en hacer ese dulce con caña molida según un nuevo sistema. Por su parte los negros del cuarto de prima miraban recelosos y azorados los preparativos que se hacían para resolver el problema de hacer azúcar sin necesidad de las ariscas mulas ni de los cachazudos bueyes.

Se ponía el sol, redondo y encendido cual bala roja, por detrás del inmenso palmar del potrero, cuando invadieron la casa de calderas los dueños de la finca, en compañía de su familia, amigos y empleados. Guiaba la procesión el cura de Quiebra Hacha, revestido de la sotana y el bonete de ceremonia. Marchaban a su lado dos caballeros conduciendo cada uno un haz de cañas, atados con cintas de seda blanca y azul, que sujetaban por la punta cuatro señoritas. Llegados delante del trapiche, murmuró el cura una breve oración en latín, roció los cilindros con agua bendita, valiéndose para ello del hisopo de plata, los caballeros colocaron enseguida las cañas en el tablero de alimentación y dio comienzo la primer molienda con máquina de vapor el célebre ingenio de La Tinaja.

Más tarde, o entre dos luces, se sirvió el banquete de tabla en la casa de vivienda. En el intermedio de la comida a los postres vinieron a avisar al médico que su presencia era necesaria en la enfermería. Fue, y volvió al cabo de media hora un si es no es cariacontecido, saliendo a recibirle don Cándido con desusada solicitud para preguntarle:

—¿Novedad, Mateu?

—Novedad y gorda, señor don Cándido, contestó el médico con el mismo laconismo.

—Bien vengas, mal, si vienes sólo, dijo don Cándido revestido de toda su calma. Afuera con el embuchado.