—Acaba Vd. de perder su mejor negro.
—Sea todo por Dios. ¿Cuál?
—Pedro carabalí. Se ha suicidado en el cepo.
—¡Bah! Más ha perdido él que yo. ¿Qué arma ha empleado?
—Ninguna.
—¡Cómo! Entonces ha hecho uso del dogal.
—Menos. En pocas palabras, señor don Cándido, el negro se ha tragado la lengua.
—¡Qué me dice Vd.! ¡Ahora menos lo entiendo!
—Lo entenderá Vd., cuando le diga que este es un caso de asfixia por causa mecánica.
—¡Si creerá Vd., doctor, que yo hablo el griego!