—Diré a Vd., señor don Cándido. Ora haya hecho uso el negro de los dedos, ora de un poderoso esfuerzo de absorción, evidente es que, doblando la punta de la lengua hacia dentro, empujó la glotis sobre la tráquea y quedó ésta obliterada, impidiendo la entrada y salida del aire en los pulmones, o cesando la inspiración y la expiración. He aquí lo que el vulgo llama tragarse la lengua, y que nosotros llamamos asfixia por causa mecánica. Durante mis viajes a la costa del África he tenido ocasión de observar varios casos; pero en mi larga práctica de los ingenios de la Isla, éste es el primero que se me presenta. Tal género de muerte, lo mismo que el del ahogado, debe ser muy doloroso, peor que el de estrangulación en horca, porque no se produce la asfixia instantáneamente, sino por grados, en todo su conocimiento, y después de una agonía atroz. Si hiciéramos la autopsia del cadáver, veríamos que el sistema venoso está ingurgitado de sangre de color negruzco muy oscuro, lo mismo el pulmón y el cerebro.
—A fe que no había oído en mi vida semejante cosa, dijo Cándido. Vamos a la enfermería.
En esta excursión (no fue otra cosa) acompañaron a don Cándido sus huéspedes y algunos empleados. El Cura y el Capitán del partido meramente por hacerle honor, pues para el primero ya había pasado la ocasión de ejercer su santo ministerio con el suicida; para el segundo, ni antes ni después de la muerte del esclavo habría tenido ocasión de ejercer el suyo, mediante a que dentro de los límites de sus haciendas o dominios era ipso jure señor de horca y cuchillo don Cándido Gamboa.
Dispuso éste retiraran el cadáver del cepo. Horrorosa era su vista, habiendo adquirido ya la rigidez de la muerte. Tendido de espaldas en la tarima, su lecho de agonía, aún apretaba los bordes con los dedos crispados. A consecuencia de las mordidas de los perros, tenía hinchados los brazos, las piernas y el levantado pecho; los ojos casi fuera de sus cuencas e inyectados de sangre, de la cual estaban salpicadas sus ropas en girones.
Contribuía a darle un aspecto feroz el tener la piel de la frente arrollada desde la línea de las cejas hasta el nacimiento de la pasa, y zajadas las mejillas verticalmente desde el párpado inferior hasta la orilla de la quijada, a usanza de la tribu en su país natal. Parte de esa costumbre era el aguzarse los dientes superiores, que dejaba ver a través de los labios entreabiertos, trabados con los de la mandíbula inferior: nueva prueba ésta de la lucha entre la vida y la muerte. No acusaba su semblante más de 27 ó 30 años de edad; de modo que se hallaba entonces en todo el vigor y desarrollo de su juventud.
—¡Lástima de negro!, dijo Cocco.
—Valía lo que pesaba en oro para el trabajo, dijo don Cándido interpretando en su verdadero sentido la exclamación del administrador de Valvanera.
—He ahí la vera efigie de un salvaje africano, dijo el Cura. Dios tenga piedad de su alma.
—Debió haber sido ese negro la pura soberbia, dijo el Capitán Peña con aire sentencioso.
—Y dígalo, dijo Moya satisfecho, porque había allí uno que diera forma a su pensamiento en aquel instante. Más cachorro no ha salío de la Guinea.