—Ha muerto en su ley, dijo el gallego mayordomo de la finca. Dios no le tome en cuenta sus muchos pecados.
—Veamos lo que dice María de Regla, dijo don Cándido sin mirar de lleno a la cara de la enfermera.
Insensiblemente las personas que acababan de hablar se habían situado en torno del cadáver, que entonces alumbraba a medias con la vela de cera amarilla, desde el pie de la tarima, la negra mencionada por don Cándido. Ella, con los ojos bajos, dijo:
—Le contaré a mi señor lo que ha pasado.
La precisión y claridad de las pocas palabras vertidas, junto con el acento argentino y medido de su voz, pregonándola como mujer de talento y de algún trato social, le ganaron desde luego la atención de los circunstantes. Poseía ella ambas cosas en grado notable, relativamente a su falta de escuela y a su condición de esclava desde la cuna. A la natural perspicacia y carácter dulce y simpático, combinados con un exterior agradable y fino, se agregaba el haber servido de doncella a sus primeros amos; teniendo ocasión de rozarse más con éstos y con las personas decentes que visitaban la casa que con las ignorantes de su misma condición, y de aprender, no ya sólo las maneras, sino el modo de decir y de portarse en sociedad la gente blanca y educada. Frisaba en los 36 ó 40 de la edad, como la atestaban sus formas redondeadas y voluptuosas. Dos medias lunas grandes de oro pendían de sus orejas, y para ocultar las pasas, que detestaba, se cubría la cabeza con un pañuelo de algodón, dicho de Bayajá, atado con bastante gracia y coquetería, a guisa de turbante turco. En el momento de que hablamos, su aspecto y tono de voz revelaban mucho disgusto y tristeza.
—Le contaré a mi señor lo que ha pasado a mi vista, dijo ella cual si hablara con el muerto y no con su amo. Pedro, desde que le pusieron en el cepo, se negó a comer y hablar. Sólo esta madrugada bebió un poco de sambumbia, que le hice tragar, como quien dice, de por fuerza. El hambre se aguanta, la sed no hay quien la entretenga siquiera, y él, por las mordidas, debía de sentir una sed ardiente. Después, como hacía veinticuatro horas que no pasaba bocado, como había ya perdido mucha sangre y se le habían inflamado las heridas, a pesar de las unturas que ordenó el médico, estaba muy débil, irritado, no podía reconciliar el sueño. Se calmó un poco luego que apagó la sed. Pero no ladraba un perro, no cantaba un gallo, no se oían pasos de gente o de animales en el batey sin que él se moviera, le crujieran los huesos en la tarima y se pusiera a escuchar. Los primeros cuerazos de don Liborio esta mañanita le causaron un sobresalto grandísimo y no tuvo un momento de reposo. A cada cuerazo se estremecía de pies a cabeza, lo mismito que hace el caballo (y perdonen sus mercedes la comparación) cuando le quitan la silla después de un largo viaje.
«Estoy segura, añadió la enfermera con cierta timidez, que más le dolieron los bocabajos a Pedro que a aquéllos a quienes se los dieron. Le entró una especie de furia. Murmuraba en su lengua palabras que yo no entendía. Parecía loco. En esto trajeron a Julián más muerto que vivo, entre cuatro morenos. Pedro lo vio. Era su ahijado de bautismo y se convenció de que estaban castigando a sus compañeros de fuga. Entonces se remató. Estoy persuadida que si hubiera podido, hace añicos el cepo. Le cogí miedo. Trataba de sacar los pies de los agujeros; dejé la cura de Julián y me acerqué cuanto pude a la tarima de Pedro. Le encontré sentado, mirando para todas partes, cual si esperara que vinieran por él a cada rato para darle un bocabajo.
«¿Qué tienes, Pedro?, le pregunté. ¿Qué sientes? ¿qué te duele? ¿qué quieres? Me miró fijamente, dio un gran suspiro y dijo con la garganta, no con la lengua:—Lamo. ¿Llamo?, le pregunté. ¿A quién llamo, al médico? Se quedó callado. Di, Pedro, ¿quieres que mande por el amo? Abrió tamaños ojos, enseñó los dientes y repitió: Lamo, lamo... su mercea, concluyó diciendo María de Regla con mayor timidez, sin levantar la vista para don Cándido.»
Este no hizo más que sonreírse ligeramente y la enfermera prosiguió su gráfica narración.
«Yo le contesté: todavía no, Pedro; todo el mundo duerme en la casa de vivienda; velaré, y así que salga el amo, le avisaré que quieres verlo. Duerme, descansa un rato. Por fortuna en aquella misma hora se oyó alejarse a la gente y Pedro dio un suspiro. No venían por él. Después me pareció inútil avisar al amo. Estaban ocupados con la repartición de las esquifaciones, el bautismo de los bozales... Señorita estaba quitando grillos y perdonando a todos; ¿quién no creería que se había pasado el peligro? Pero en mala hora entró aquí don Liborio a buscar algo que se le había quedado anoche. Venía furioso. Dijo que lo habían botado por culpa de Pedro, pero que no se quedaría riendo el muy cachorro, pues había ordenado el señor don Cándido que le dieran un novenario luego que se pusiera bueno, y que si él no tenía el gusto de dárselo se lo daría el otro Mayoral. No se aparecía el amo y Pedro creyó que estaba bravo y que don Liborio decía verdad. Desde este momento decidió quitarse la vida. Me asomé a la ventana para ver el baile de tambor por un instante, cuando sentí que Pedro se movía; volvía la cara y noté que se andaba en la boca con los dedos. No pensé nada malo, pero hizo un movimiento cual si le entraran náuseas. Corrí a su lado... Acababa de sacarse los dedos de la boca, apretaba los dientes y procuraba agarrarse de la tarima con las dos manos. Entonces le entraron convulsiones. Me dio horror; mandé llamar al médico, y sin saber cómo ni cuándo se me quedó muerto entre los brazos. Así como está ahora le encontró el señor don José (el médico). Muchos he visto morir desde que estoy aquí, pero ningún muerto me ha causado tanto horror.»