—Se explica la negra, dijo Cocco a don Cándido cuando salían de la enfermería.
—No sabe Vd., todas las letras menudas que tiene, repuso don Cándido a media voz. He aquí la causa de su perdición. Si fuese menos bachillera estaría quizás más contenta con su suerte.
—Pues qué, ¿es mujer de aspiraciones?
—¡Que si es! Demasiado. Apresurémonos no sea que perdamos el plus café. Luego Rosa extrañará nuestra demora y no conviene todavía que sepa la muerte del negro.
Conocidamente pasaba don Cándido por el carácter de la enfermera como por sobre ascuas. No era indiferencia la suya, tampoco desdén, menos desprecio: era miedo, puro miedo no fuera que se averiguase la posición en que se hallaba colocado respecto de ésa su humilde esclava. Porque es bueno se diga una vez más, que don Cándido Gamboa y Ruiz, caballero español, rico hacendado de Cuba, fundador de una familia distinguida que llevaría su preclaro nombre quién sabe hasta qué generación, con ínfulas de noble, ya en camino de titular y ganoso de rozarse con la gente encopetada y aristocrática de La Habana, se sentía atado a la enfermera de su ingenio de La Tinaja por lazos que, no por invisibles eran menos fuertes e inquebrantables. María de Regla poseía el único secreto de su vida libertina que le avergonzaba y hacía infeliz en medio de la grandeza y el boato de que ahora se veía rodeado.
El día siguiente armose en La Tinaja divertida cabalgata, compuesta de las señoritas Ilincheta y las dos más jóvenes de Gamboa, escoltadas por el hermano de éstas, por Meneses y por Coceo.
Hacía tiempo hermoso, quiere decir, que las nubes aplomadas que encapotaban el cielo, impedían el brillo del sol en toda su fuerza, mientras el aire seco del norte, que a su paso por el angosto brazo del Golfo no había podido despojarse de los fríos vapores del vecino continente, refrescaba que era una delicia la atmósfera de toda esa costa cubana. Isabel, diestra jinete, orgullosa de su habilidad, amaba el ejercicio a caballo y se hacía la ilusión que dominaría a su sabor el campo desde la silla, respiraría aire más puro y más libre y ensancharía los horizontes de su existencia, cruelmente circunscritos en el ingenio de La Tinaja. Este inesperado desahogo lo demandaban a una su cuerpo, su espíritu y su corazón.
El tropel de las caballerías, esguazando el río, camino de la estancia, hizo levantar a los vocingleros totíes y a las hurañas palomas rabiches que habían bajado a beber o a bañarse a la lengua del agua, abrigadas por las tendidas ramas de los robles.
—¡Qué sombrío! exclamó Isabel. Convida ese charco a bañarse.
—Es muy hondo al pie de la palma sobre la margen derecha, observó Gamboa.