—¿Cómo que hondo? preguntó la joven.

—Tapa a un hombre.

—Entonces se podrá nadar con desembarazo.

—Sí, pero es muy peligroso bañarse allí a causa de los caimanes que suelen ascender el río desde la boca. En ese mismo charco que tanto incita a Isabel, perdió papá un perdiguero que quería mucho. Yo era un chicuelo entonces y le acompañaba en la caza. Le disparó un tiro a un aguaitacaimán y cayó en mitad del charco; tras él se lanzó el perro para traerle a la orilla, pero sin darle alcance se hundió bajo de las aguas cual si le faltaran las fuerzas de repente. Luego apareció en la superficie un borbollón de sangre, por donde conoció papá que le había atrapado un caimán.

Buen efecto producían el arrozal en lo más hondo de un vallecito, irguiendo sus innumerables espigas, todavía verdes, en busca del calor solar y el campo de maíz en las laderas de las colinas, con sus flores de color morado y las barbas rubias de sus mazorcas.

En el platanal inmediato abundaban los racimos amarillos, que por su mucho peso hacían inclinar la cepa hasta besar la tierra con la punta de sus anchas y largas hojas, cual láminas de acero.

Corriendo a la ventura, sin detenerse en ninguna parte, nuestros paseantes repasaron el río por un vado más abajo del anterior, dejando tras sí los terrenos de la estancia y entrando en los del potrero, por medio de un dilatadísimo palmar. Sus enhiestos y blancos troncos remedaban las gigantes columnas de un templo antiguo arruinado. Tenía establecido en él su campamento una banda de aquellas aves, especie de cuervos que en su canto o grito expresan por onomatopeya el nombre bajo el cual se les conoce vulgarmente en Cuba: cao, cao.

En tan gran número se habían juntado que ennegrecían el racimo de la palma o la penca donde se posaban; y lejos de asustarlas o hacerlas abandonar el puesto las pisadas de las caballerías o las voces alegres de los jinetes, eso mismo pareció aumentar su algarabía y desfachatez, expresada en las miradas de soslayo que lanzaban desde sus naturales alcándaras, cual si poseyeran inteligencia y quisieran burlarse de quienes no tenían alas para llegar hasta ellas.

—No se reirían Vds. de mí, dijo Gamboa, si tuviera a mano mi escopeta. Yo haría descender más que de prisa a algunos de esos bribones.

—Tan dudoso es lo que Vd. dice, dijo Cocco con sorna, que viene bien aquí aquello de «al mejor cazador se le va una liebre».