—¿Por qué así? preguntó Isabel, que se daba por diestra tiradora.
—Diré a Vd., señorita, repuso Cocco con su vocecilla gangosa e innata cortesía. Porque con el calor del día se le pone la pluma muy resbaladiza lo mismo al cao que a la paloma torcaz, y no le entra fácilmente la munición.
Luego cambiaron de rumbo los paseantes, rodeando la finca por el lado norte, que era la porción más elevada del terreno. Desde una de sus alturitas se alcanzaba a ver un pedazo del mar azul, en la apariencia sereno, y allá en el horizonte algunas velas blancas como otras tantas aves acuáticas rizando la linfa de un manso lago.
Cerraba la guardarraya que recorrían los paseantes, un bosque alteroso que servía de línea divisoria entre el ingenio de La Tinaja y el de La Angosta del otro lado. Según recordaba Leonardo debía de haber una vereda que atravesaba dicho bosque, y siguiendo la cual podía llegarse a la finca del Conde de Fernandina en la mitad del tiempo que se emplearía en caso de ir por el camino real o de la Playa. La vía naturalmente era muy estrecha y estaría en parte obstruida por ramas bajas y espinosas de los árboles y plantas trepadoras, en las cuales bien podían dejar las señoras, como se descuidasen, girones de sus vestidos. Esto entendido, les propuso acometer la ardua empresa.
Había novedad en la propuesta, por lo mismo que se corría peligro; razón de más para que las señoritas, ganosas de aventuras, la aceptasen de plano y aun con entusiasmo. ¿Qué importaba un arañazo más o menos si se prolongaba un poco aquel rato de libertad y de expansión? La intrépida Isabel, sobre todas, a quien el aire del campo y el ejercicio ecuestre habían devuelto las rosas a sus mejillas, el fuego a sus ojos y la sonrisa a sus labios, exclamó:—¿Quién dijo miedo? Adelante. No se diría nunca que por donde pasó un hombre a caballo Isabel se quedó atrás.
Penetraron todos en el sombrío bosque, llenos de alegría. Pero apenas anduvieron corto trecho, uno detrás de otro, abriéndose paso a veces con las manos, cuando tuvieron que detenerse. Empezó a sentirse un hedor fuerte, como de cuerpo muerto; y de seguidas descubriose una vasta congregación de auras tiñosas, rindiendo con su peso las ramas de los árboles que servían como de arcos triunfales a la vereda. Algunas de esas asquerosas aves, las más cercanas, a la vista de los caminantes emprendieron el vuelo, y haciendo un ruido tremendo con sus amplias y pesadas alas, fueron a posarse algo más lejos. Otras, las más distantes, no sólo no se movieron de sus perchas naturales, sino que se pusieron a ojear en todas direcciones con aire siniestro. La causa de su amenazadora actitud se echó luego de ver: se entretenían en devorar el cadáver de un negro, colgado por el pescuezo de la rama de un árbol a orillas de la vereda, e interrumpidas en lo más interesante del festín, manifestaban su indignación de la manera dicha.
En los momentos de acercarse los jóvenes, oscilaba ligeramente el cuerpo. Esta circunstancia engañó de pronto a Leonardo, que llevaba la delantera, respecto de su estado actual; pero la reflexión de que las auras al abandonarle le habían impreso el movimiento oscilatorio, aun observable, le sacó prontamente del error. Habíanle extraído los ojos y la lengua, y cuando fueron interrumpidas buscaban afanosas el corazón con sus encorvados picos.
—¡Mira! dijo Gamboa a Isabel, que le seguía de cerca indicándola, con el brazo tendido, el horrible cadáver contra el cual estuvo él mismo a punto de tropezar.
—¡Ay, Leonardo! exclamó ella horrorizada.
Perdió el color y el habla, y hubiera perdido también el conocimiento y caído de la silla al suelo si Leonardo, advirtiendo su imprudencia, no revuelve a toda prisa el caballo, la coge de la mano, le da los dictados más cariñosos, le pide mil perdones y la saca al limpio, invirtiendo el orden de la marcha.