—No, no, repitió Isabel. No se moleste. ¿Para qué, tampoco? No me gusta, que digamos, esa bebida.

Sin duda que no agradó al mozo de Guanajay la negativa de Isabel, porque murmuró en tono que pudo oírsele:

—Parece que los cuerazos le han queitado las ganas a la niña. Vea Vd., y nosotros nos dormimos con esa música.

Tomó Leonardo como una impertinencia la observación del maestro de azúcar y le volvió la espalda disgustado. Al contrario Isabel, no atendió sino a su penetración y suaves modales, y sintiendo hacia él una especie de gratitud, la pesó de que su amante no participara del mismo noble sentimiento. Mas, tuvo la candidez de decírselo al paño. Por lo que Leonardo, picado ahora, se propuso quinar y poner en ridículo al maestro de azúcar, examinando allí mismo los puntos que calzaba en el arte de fabricar ese dulce.

Para ejercer el cargo de examinador, no poseía Leonardo otras condiciones que aquéllas de que le revestían por el momento el despecho y la osadía de quien compara su propia alteza y superioridad casuales, con la bajeza y la humildad relativas del primer contrincante con quien acontece medir sus fuerzas morales e intelectuales. La clase de educación que su estado social y caudales le habían procurado a Leonardo, estaba muy lejos de ser científica; había sido puramente literaria y nada profunda por cierto. No había saludado siquiera ninguna de las ciencias naturales, puesto que no existían en su patria entonces cátedras libres de ellas. Verdaderamente sólo se enseñaba filosofía, jurisprudencia y medicina, sin otros ramos principales que tanto contribuyen a su complemento. Leonardo Gamboa, como la mayoría de los estudiantes de su época, no entendía jota de Agronomía, por supuesto, ni de Geología, ni tampoco de Química, menos de Botánica, aunque de esta última ciencia daba a la sazón, o pretendía dar lecciones don Ramón de la Sagra en el Jardín Botánico de La Habana. Mas sea de esto lo que se fuese, ello es que la índole buena y la ignorancia supina del maestro de azúcar concedieron esta vez triunfo fácil y señalado al futuro dueño del ingenio de La Tinaja.

—¿Dónde aprendió Vd. a hacer azúcar, don Isidro? le preguntó de improviso y con cierto tono arrogante.

—En el ingenio del Sr. don Rafael de Zayas, aquel que topamos como se viene de Guanajay al pie de la loma de la Yaya.

Ahí estaba de maestro de azúcar mi padre, que en paz descanse, y yo lo acompañé y lo ayudé a hacer bastantes zafras.

—Es decir, que su padre le enseñó a Vd. el oficio de maestro de azúcar. ¿No es eso?

—Pues, él hacía azúcar delante de mí y yo aprendí por mi gusto haciendo lo que él hacía.