—¿Qué hacía su padre de Vd.? En otras palabras, ¿cómo hacía el azúcar? Esto es lo que deseo que Vd. me explique; diciendo lo cual apretó el brazo de Isabel.

—Diré al señor don Leonardito, repuso Bolmey revolviendo allá en su mente por si daba con las palabras que pudieran ser nuevas para su joven amo. Si vale decir verdad, no se necesita cencia para hacer la azúcar; basta un poco de práctica y un buen ojo. Yo veía que mi padre, que en paz descanse, en cuanto que se llenaba de guarapo fresco el tacho de la torre, lo dejaba sentar un poco y le quitaba la basura; que después lo bombeaba de ese tacho a la paila del medio, y que después mandaba meter candela de duro. Verbi gracia, así como yo voy a hacer ahora.

Mientras hablaba, dos negros con sus bombas y una canal movible trasegaron el guarapo desfecado de la segunda paila de la izquierda a otra de la derecha, y el joven Bolmey agregó:

—¿Ve el niño? Ahora quito la basura y vaceo el guarapo de este tacho en este otro y le echo un poco de cal viva...

—Bien, ¿para qué le echa Vd. cal?—le interrumpió preguntándole Leonardo, con regocijo secreto de tenerlo cogido en un renuncio ridículo.

—Eso sí que no sabré decir al niño, contestó el mozo con naturalidad. (Y como se sonriera Leonardo, agregó)—Yo no sé por qué se le echa cal, sólo sé que si no se le echa no se puede sacar una templa buena. Dios solamente sabe eso. La azúcar se pone agria, no se hace cuando le falta la cal. Así hacía mi padre, que en paz descanse, y yo hago lo mesmo, aunque si vale decir verdad, yo creo que va en suerte más que en otra cosa, el hacer o no la azúcar. Lo que puedo decir al niño es que parece que yo tengo suerte, que ya llevo hechas cinco zafras en este ingenio, y ésta será la quinta, y está por la primera vez que se me hayga perdido una templa. También yo conozco los cañaverales de La Tinaja.

—¿Qué diferencia encuentra Vd. entre un cañaveral y otro cañaveral? La caña es la misma en todos.

—Le parece al niño, pero no es así; y perdone que le contradiga.

—¡Cómo! exclamó Leonardo sorprendido y visiblemente mortificado, pues no estaba seguro de que sabía sobre este punto más que su maestro de azúcar. ¡Si querrá Vd. venir ahora a darme lecciones acerca de la naturaleza y calidades de las cañas de azúcar! Las hay de varias especies, y aquí las tenemos de Otahití, de la cinta o morada, de la cristalina, que es la última introducción en el país y de la criolla o de la tierra, que no sirve para moler. Todas dan más o menos jugo sacarino, y ésta es la única diferencia digna de notar entre ellas. La más recia y menos a propósito para moler es la morada o de la cinta, porque contiene más parte leñosa y menos jugo sacarino. No sabe Vd., por supuesto, lo que estos términos significan, pero tengo que usarlos, a falta de otros que sean inteligibles para Vd. En mi ingenio abunda más la de Otahití que las otras pues se ha probado que es todo jugo sacarino, todo dulce, y es, además, la que mejor se da en la tierra negra. Cada carretada de esta caña da pan y medio o dos arrobas y media de azúcar blanco, y tan sabroso como no se hace en ningún otro ingenio de la Vuelta Abajo.

—Dice mucha verdad el niño, tiene muchísima razón el señor don Leonardito... pero... yo no hablaba de las cañas, hablaba de los cañaverales.