—Esa sí que está mejor, dijo el joven, cuadrado y cruzado de brazos delante de su maestro de azúcar, esperando oírle tan solemne disparate, que hiciese reír a Isabel, la cual mantenía una extraña imperturbabilidad. Veamos la diferencia que Vd. descubre entre los cañaverales...

—La diferiencia que yo encuentro (repuso Bolmey con gran aplomo), mejor dicho, que mi padre, que en paz descanse, encontraba entre los cañaverales, era ésta: que los de tierra baja y pantanosa son más agrios y salados que los de lometicas, y mientras más agrio el cañaveral más cal necesita para que no se revenga el azúcar.

Sin más volvió Leonardo la espalda, y así que se puso a buena distancia de Bolmey, dijo:

—Será buen sastre, pero a mí no me trabaja, lo juro. Quiero decir, que cuando yo mande aquí, que será pronto, no es ese zopenco el que me hace el azúcar. Lo primero que haga es ponerlo de patitas en el camino real.

En su rápida excursión tuvieron también su aventura Adela, Rosa y Dolores. Muy entretenidas se hallaban las tres, viendo batir la miel en una de las refriaderas, a tiempo que se les acercó por la espalda una negra desconocida, que les preguntó con mucho misterio:

—¿Quién de las niñas es la niña Adelita?

—Yo, contestó la misma precipitadamente y algo asustada.

—Pues ahí fuera, detrás de aquel horcón, aguarda por su merced su madre...

—¡Mi madre! repitió Adela sorprendida. Señorita, querrás decir...

—No, niña, digo la enfermera.